Iniciamos una serie de artículos con el diario de Viaje a Guatemala







martes, 3 de abril de 2012

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo XVII)

CAPITULO XVII

Una semana después del entierro de Justo llegaron las fiestas en honor de San Lorenzo. Era el día más esperado y deseado de todo el año y este no iba ase menos. Los acontecimientos de la semana anterior casi estaban en el olvido. Ahora la ocupación eran los preparativos de la fiesta. Todo el mundo estaba alterado y Daniel de los que más. Llevaba días sin ver a Irene. Sentía como su tiempo se terminaba, como se acercaba la fecha del examen de Irene. Ella se iría y no la volvería a ver. Tenía que actuar. Decidió que el momento adecuado sería durante las fiestas. Aprovecharía ese día para decirle a Irene lo que sentía por ella. La noche antes del inicio de la fiesta, Daniel no pudo dormir, ni casi comer, de los nervios que tenía.
         Toño, el conejo, en ausencia de Ovidio era el hombre del tiempo. Anunció que el diez de agosto sería el día más caluroso del año. Se equivocó, la mañana amaneció fresca, para regocijo del personal, harto de tanto calor.
         Los gigantes y cabezudos recorrían las calles despertando a los dormilones y a la juventud que había pasado la noche anterior de fiesta. Tiraban cohetes y se acompañaban de una banda tan mala como eficaz en su labor de hacer ruido. Su repertorio era limitado, pero como era conocido por todos, gustaba, especialmente a los niños que formaron procesión tras los pasos de los cabezones. Al cabezón que hacía el papel de Rey podemos definirlo mejor como cabezota pues se empeño por sus “santos cojones” en que tenían que ir a su casa para despertar a su hermano.
-         ¿Por qué? -preguntó el que llevaba la cabeza de la reina.
-         Porque esta mañana cuando mi hermano llegó de fiesta, yo estaba durmiendo en la escañeta del corral, porque se está más fresco, y no se le ocurrió otra cosa que tirarme un cubo de agua por la cabeza- contestó el cabezón Rey.
-         Estaría borracho.
-         ¡Toma y yo!
-         Déjalo que duerma. No vamos a ir ahora a tu casa que vives en el quinto pino y estos trajes pesan un huevo.
-         Vamos porque lo digo yo- dijo el Rey.
-         Pues tendrás que ir tú solo.
-         Vamos todos.
-         ¡Que tú te lo crees!
Así podían continuar los cabezudos indefinidamente, si no llega a intervenir el trompeta que era un hombre con algo de sentido común.
-         ¿Por qué no os calláis? Tirar para la plaza que está la gente esperándonos.
A las doce era la misa. El personal lucía sus mejores galas. Las mujeres cuanto más mayores vestían prendas de más colores y los hombres cuanto más mayores, más abrigados, a pesar del calor. Todos se llevaron una sorpresa. Por primera vez en treinta y ocho años Don Simón faltó a la misa más importante del año. Tras el desvanecimiento que sufrió en el funeral de Justo el médico le recomendó descanso. Desde el Obispado enviaron a un cura para sustituirlo. La misa no gustó. Estaban acostumbrados a Don Simón, el cura de toda la vida y el nuevo era demasiado joven y moderno. Para remate el retablo estaba tan cubierto de andamios que aquello no parecía una iglesia. Menos mal que la procesión resultó del gusto de todos. Sacaron a San Lorenzo en sus andas y como Daniel y Natalia ya habían concluido el trabajo de restauración, el Santo lucía como hacía muchos años. A decir de todos quedó bien y si Daniel no hubiese estado con la cabeza en otro sitio, habría tenido motivos suficientes para sentirse orgulloso. Por la procesión no apareció Irene.
Llegó la hora de comer. El Ayuntamiento tenía preparada una paella para todo el mundo, mejor dicho, para todo el mundo que hubiese contribuido con seis euros a la financiación de las fiestas. A cambio se adquiría el derecho de disponer de sangría ad libitum. Algunos amortizaron con creces la inversión y la alegría se reflejaba en sus rostros, sus canciones y sus bailes. De postre sirvieron unas perronillas y repelados acompañados de aguardiente y café.
A Daniel le gustaba la fiesta y el ambiente. Era una celebración familiar, donde participaban los niños, los jóvenes con sus pandillas, sus padres y los abuelos, alguno bajo los efectos del aguardiente.
Un Tamborilero amenizaba la fiesta, vestido con el traje típico de la región. La gente bailaba al son de la gaita y del tamboril. Un grupo empezó a gritar “toca la Clara, toca la clara”. El tamborilero atacó el tema solicitado.  Los bailarines formaron dos filas, una enfrente de la otra. Bailaban muy serios y muy tiesos con los brazos en alto y moviendo los pies. La que mejor bailaba era una mujer joven, con una camiseta verde, que enseñaba los pasos a una chica jovencísima que debía ser su hija. Bailaba elegantemente con la espalda muy derecha, la cabeza alta y sin hacer aspavientos. La hija estaba atenta a los movimientos de sus pies e intentaba reproducirlos.
Daniel buscaba a Irene pero no la vio. Terminó el baile y la gente se fue a descansar un rato.
A las siete era el partido de pelota. Jugaban Beasain XIII y Aguirre VII, contra una pareja formada por los campeones provinciales. Ganaron de paliza los vascos.
El programa de fiestas se completaba con la verbena amenizada por la “fantástica orquesta Tropicana” y los fuegos artificiales.
Daniel pasó por casa para ducharse, afeitarse y ponerse una camisa limpia. Cuando llegó a la plaza anochecía. La orquesta interpretaba un pasodoble. Varias parejas de edad madura bailan cerca del escenario y grupos de chavales y de gente joven esperaban más alejados a que la orquesta cambiase el repertorio y tocase temas más actuales.
La plaza estaba casi llena. Daniel buscaba a Irene. Se encontró con los belgas. Alcocer llevaba colgando del cuello una cámara de fotos. Según le explicó haría fotografías durante la fiesta con la intención de utilizarlas en alguna de sus obras.”Ya pueden tener cuidado- pensó Daniel- las parejas de danzantes, porque en manos del belga pueden acabar siendo una cuchara y un cucharón”. Localizó a Irene entre la gente al otro extremo de la plaza. Daniel no atendía a las explicaciones del artista. Hacía como que escuchaba pero en realidad estaba pendiente de Irene. Se movió un grupo de personas y le dejó libre el campo de visión. Irene estaba guapísima, llevaba un vestido de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros y gran parte de la espalda. El pelo suelto… No pudo ver más detalles porque el grupo que estaba entre ellos se movió otra vez y la ocultó.
Daniel se libró como pudo de los belgas y se dirigió hacia Irene. Entró en un estado de excitación tal que sus sentidos se embotaron, no percibía los estímulos con claridad, no distinguía la música de las conversaciones, no reconocía a las personal con las que se cruzaba, no respondía a sus saludos, no sabía donde pisaba, ni siquiera que pisaba. Sabemos que nos mantenemos pegados a la tierra por la atracción gravitatoria que ejerce la tierra sobre nosotros, pero en este momento Daniel no siente sus pies ni el suelo que pisa, la fuerza que lo atrae es mucho más poderosa que la gravitatoria. No se trata de ponerse cursi, ni mucho menos, eso se lo dejamos para las novelas de señoritas, pero ya que nos hemos metido con metáforas gravitatorias no nos queda más remedio que decir que la fuerza que atrae a Daniel se llama Amor y el cuerpo que ejerce la atracción se llama Irene.
Vale, que sí, que de acuerdo, que aunque no queríamos a quedado cursi, pero es que cada vez que se utiliza la palabra amor es casi inevitable, a no ser que hagas como Don Simón que la usa con mayúsculas y en abstracto. El se refiere al Amor al prójimo, Amor a la humanidad, Amor a nuestros hermanos, pero este es un concepto que nosotros no entendemos. ¿Qué tipo de Amor es ese?, ¿Cómo se puede amar a la humanidad? ¿Cómo se puede amar a una tribu perdida del Amazonas, a los habitantes de una urbe de extremo oriente, o a un vecino recién llegado que no conocemos? Eso no es posible. Sólo se puede amar a alguien de carne y hueso. Entendemos que Daniel ame a Irene, que Casillas ame a Carbonero, apurando mucho que la señora  del segundo ame a su perro e incluso que Don Simón ame a la Nico, aunque esto último es más difícil de comprender, pero que alguien ame la humanidad es algo que queda fuera de nuestras entendederas.
Para contrarrestar la cursilería anterior- la de la fuerza del Amor- vamos a hacer un mal chiste para terminar de convencer a las señoritas románticas que esta crónica no es para ellas. Ahí va: si el símbolo de amor es cupido y sus flechas, podríamos deducir que la Fuerza del amor es una magnitud vectorial.
Esta digresión es necesaria. Hemos abandonado durante un rato a Daniel para rebajar la tensión, porque lo que pasó a continuación es tan cruel que si se cuenta todo seguido es demasiado fuerte. Hacemos ahora una advertencia como cuando en el telediario, anuncian que van a poner imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador. Si es usted una persona muy sensible sáltese lo que queda del capítulo.
Queda usted advertido.
Habíamos dejado a Daniel dirigiéndose hacia Irene, con el alma en vilo, el corazón a cien y la percepción de sus sentido a cero. Irene estaba rodeada de gente, hablando con unos y con otros. Hasta que Daniel no estuvo a dos pasos de ella no se percató de su presencia.
-         ¡Hombre Daniel, cuantos días sin verte!, ya te echaba de menos.
-         Si han pasado muchos días y muchas cosas. Inmediatamente se arrepintió de hacer dicho esta frase tan estúpida. “No tenía que haber dicho nada. Debería de haberla besado en la boca directamente, sin preámbulos”, pensó Daniel. Sabía que eso hubiese sido una estupidez aún mayor que pronunciar la frase que dijo. ¿O quizá no? El caso es que dio un paso más hacia Irene, no sabemos con qué intención.
Irene no se movió ni dijo nada. Durante unos segundos se miraron sin decir nada. Entonces Irene se giró y tomo del brazo a un chico que estaba vuelto de espaldas hablando con otra persona.
-         Daniel, te presento a mi novio Pablo.
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-         Hola -dijo Daniel.
-         ¿Qué hay?- contestó el novio de Irene.
“Tengo que salir de aquí”, pensó Daniel. Buscó a alguien conocido entre la gente. La que más cerca estaba era Marta, la hija del Alcalde. Se fue a saludarla. Se intercambiaron saludos y un par de frases de cortesía y Daniel aprovechó la ocasión para abandonar la fiesta. Salió de la plaza por la primera calle que encontró.
Las calles estaban vacías porque todo el mundo estaba en la  verbena. Daniel caminaba deprisa y sin rumbo. Si unos minutos antes caminaba sin sentir los pies ahora los reconocía de sobra. A cada piedra de daba un puntapié, un bote que estaba en la mitad de la calle lo pateó con tal ímpetu que saltó la tapia de un huerto. Cada patada la acompañaba de algún juramento. “¡Mierda!, ¡joder!, mierda, soy un gilipollas”. ¿Por qué no me dijo que tiene novio?”. “Ven a verme…”, dijo en voz alta imitando la voz de Irene. “Tu lo que quieres es un pasatiempo. Un payaso que te entretenga mientras estas en este puto pueblo de mierda, preparando tu puta mierda de oposición”.
Daniel en su huída fue a parar al caño, metió la cabeza debajo del chorro de agua, dio varias vueltas alrededor del los pilares y se sentó en el borde con la espalda apoyada en el pilar. El rumor del agua cayendo tranquilizó un poco al infortunado.
Lo que pensó y sintió Daniel forma parte de su intimidad y aquí esas cosas no se desvelan. Los poetas y novelistas se han aprovechado de casos como este para hacer literatura, componer canciones y conmover los corazones de románticas señoritas, que en todas las épocas hay almas dispuestas a la melancolía y el sentimentalismo. Si en este momento de derrota un componedor de odas, sonetos, cuartetos o cualquier otro artificio literario preguntase a Daniel por sus “sentimientos” recibiría con seguridad la siguiente repuesta: “vete a la mierda”.
Es ocioso explicar algo que todo el mundo conoce, porque ¿quién no ha sufrido un desengaño al menos una vez en la vida? Y si algún afortunado no ha pasado, hasta ahora, por un trance similar, que no se ría de Daniel ni de sus fracasos, que no presuma, porque mañana le puede tocar a él.
Aquellos que consideran que no hay para tanto, que desprecian su sufrimiento, desconocen la naturaleza humana. No hay mayor desgracia en el mundo que la que nos afecta directamente a nosotros. Recordemos sino el caso de aquel pastor de los andes que toda su riqueza la componían cinco ovejas, y un coche atropello a una de ellas. Si a nosotros nos dicen que se ha muerto una oveja, que la tierra ya no será hollada por sus pezuñas ni se escucharán más sus balidos entre las montañas, nos quedaremos igual que estamos.  Es un acontecimiento banal. Pero para el pastor es una tragedia. Su hijo llora desconsolado y cada vez que se acuerde de su oveja, maldecirá al coche y su mala suerte. Algún pragmático nos vendrá con que “¿porqué afligirse tanto si el río está lleno de truchas?”. Vale, pero que se lo digan al pescador que teniendo una prendida en el anzuelo se le escapa en el último momento, a ver que opina.
La situación de Daniel es más dolorosa por comparación. Mientras el está sólo, rumiando su desgracia, de fondo se escucha la música de la fiesta, donde todo el mundo está divirtiéndose. “Todo el mundo es feliz menos yo”.
Estuvo mucho rato sentado en el caño. Coincidiendo con las campanas de media noche los fuegos artificiales iluminaron el cielo. Es difícil encontrar a alguien en el mundo, al que no  gusten los fuegos artificiales. Daniel no es una excepción, en condiciones normales hubiese disfrutado de ellos pero hoy los miraba con odio, con rencor, y deseando que terminasen cuanto antes. Cada vez que los fuegos iluminaban el cielo con sus colores, sentía como si escondiesen un mensaje dirigido a él, que decía:” mira que bonito, todo el mundo disfruta de la fiesta menos tú”.
Al concluir la traca final desde el pueblo llegó un ¡oooh! de admiración. Daniel se quedó mirando el cielo. Era una noche de verano clara y despejada, solo enturbiada por los restos del humo dejado por los fuegos y que el viento dispersaba lentamente. Una estrella fugaz cruzó el firmamento.
En las noches en torno al diez de agosto la lluvia de estrellas conocida como las Perseidas alcanza su máxima intensidad. El fenómeno astronómico tiene su origen en las partículas de polvo que al entrar en contacto con la atmósfera terrestre se vuelven incandescentes dejando a su paso una estela luminosa. Parecen proceder de la constelación de Perseo el héroe que a lomos de Pegaso liberó a la hermosa Andrómeda de las garras de un monstruo marino. Perseo en premio a su valor recibió la mano de Andrómeda.
“En la antigüedad todo era más sencillo”, pensó Daniel. Para conseguir los sueños sólo hay que enfrentarse a un monstruo, si vences obtienes el premio y si te matan se acabó la historia. Pero él no tenía un caballo llamado Pegaso ni el tal Pablo era un monstruo contra el que luchar.
Otra estrella fugaz iluminó el cielo. Los niños y los poetas dirán que son las lágrimas de San Lorenzo.

    



martes, 6 de marzo de 2012

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo XVI)


         CAPITULO XVI

La noche en que Justo, el panadero, fue asesinado, nadie durmió en San Lorenzo del Valle. A las dos llegó el Señor Juez, para proceder con los trámites, y ordenar el levantamiento del cadáver, que no se pudo hacer hasta las cinco. Esas tres horas las emplearon los agentes de la policía científica en viajar desde la Ciudad, y en tomar los datos necesarios para la investigación.
El Senado se trasladó a la puerta de la panadería donde tuvo lugar una sesión extraordinaria. Acostumbrados a los pequeños incidentes de cada día, en donde lo más destacable era la gripe de Toño, el conejo, o el parto de la yegua del Alcalde, se encontraban desbordados por los acontecimientos de esta noche. Lo sucedido ocuparía muchas tardes al sol, muchas noches de invierno al calor de la chimenea y muchas mañanas de verano a la sombra del Ayuntamiento. De momento se conformaban con cubrir las noticias.
-         Ha llegado el Juez acompañado de un Comandante de la Guardia Civil.
-         No es Comandante, es capitán.
-         Y tú, ¿cómo lo sabes?
-         Porque Pepe el del bar ha oído como se dirigía a él un Guardia.
-         Pues yo te digo que es Comandante, que cuando entró me fijé en sus galones.
-         El Juez traía cara de malas pulgas.
-         Claro. Si a ti te sacan de casa de madrugada, ¿cómo te sentaría?
-         Pues aquí estoy y no me quejo.
-         Pero tú estas por gusto y él por obligación.
-         ¿Quién es ese que entra ahora?
-         Es de la policía científica.
-         ¡Ya habló el sabelotodo!, ¿y tú, porqué lo sabes?
-         Porque lo lleva escrito en la espalda.
-         Y esos ¿qué hacen?
-         Toman las muestras de las huellas, del arma, de todo.
-         Ah.
-         Eso, ¿han encontrado ya el arma?
-         No lo sé.
-         Menos mal que hay algo que no sepa, el señor sabelotodo.
-         Seguro que lo mató con la rozadera. La otra vez le amenazó con ella.
-         Ovidio la lleva a todas partes.
-         Normal. Cuando tú andabas por el campo, acaso no la llevabas.
-         Hace ya tanto de eso que no me acuerdo.
-         Callar un momento. Parece que ya salen.
Efectivamente. Salían dos trabajadores de la funeraria llevando a Justo en un carrito, metido en una bolsa blanca. Lo subieron a una furgoneta y se lo llevaron para hacer la autopsia.
El reloj del Ayuntamiento, daba la media. Las cinco y media. El viento cambió de dirección. En circunstancias normales, Ovidio, habría tomado nota, era el uno de agosto y empezaban las canículas. El cambio del viento refrescó algo el ambiente. Todo el mundo lo agradeció incluyendo los periodistas que por la mañana ocuparon el pueblo.
Pepe el del bar hacía el agosto. Desde primera hora servía el desayuno a su nueva clientela, formada por los periodistas. Se ve que como en agosto las noticias escasean, aprovecharon la ocasión. Todas las cadenas enviaron  equipos de reporteros a cubrir la noticia. El lugar de reunión era el bar de Pepe. Entre él y su mujer les ponían al día y les llenaban el estómago. A continuación cruzaban la plaza, montaban las cámaras y el reporterío hacía su crónica con la panadería de fondo. Luego buscaban a algún lugareño para entrevistar. El más solicitado era el Alcalde. Pero este pronto agotó su escasa paciencia. Le hicieron tres entrevistas y en las tres le preguntaron si él se imaginaba que algo así pudiese suceder en su pueblo. En la cuarta le preguntaron lo mismo y el Alcalde mandó a tomar por culo al entrevistador, y ya no quiso hacer más.
El que dio mucho juego, fue el Mariscal. Tal es así, que una cadena se quedó con su teléfono con la intención de sacarlo en callejeros.
A la hora de los noticiarios todo San Lorenzo estaba pendiente de la televisión. Los vecinos se reunieron en el bar para ver los reportajes. Pedrito el catalán, preparó una tabla con los horarios de emisión de cada cadena. Comenzaba a las 12:30 con la televisión local y finalizaba a las 15:30 con el telediario. Cuando la presentadora dio paso al primer reportaje en el bar se formó tremenda algarabía. Tanta como cuando Iniesta marcó el gol que dio la victoria a España en el Mundial de fútbol. El reportaje comenzaba con el corresponsal explicando ante la cámara el suceso y continuaba con una entrevista al Alcalde. Al aparecer Porfirio en la pantalla volvieron los gritos. Se hacían todo tipo de comentarios, algunos poco elogiosos, a pesar de estar el Alcalde presente.
- Pero hombre, tenías que haberte puesto la camisa de los domingos, que la ocasión lo merece- dijo uno.
- Has estado bien- dijo otro.
- A mi me parece que un poco seco.
- Seco lo será tu padre- respondió el Alcalde. Y a partir de ahí, el tono y el volumen de las alusiones fue en aumento. Marisa como ya conoce el carácter de Porfirio, antes de que el personal se fueses calentando, cortó por lo sano, es decir; agarró el mando y apagó el televisor. Todo el mundo se quedó en silencio. Toño, el conejo, se atrevió a preguntar.
- Marisa, ¿qué haces?
- Si vais a preparar una trifulca, será mejor que cada uno se vaya a su casa, porque aquí no estamos para aguantar broncas.
El que había dicho aquello de que el Alcalde “estuvo seco”, pidió perdón y dijo que no haría más comentarios. El edil aceptó las disculpas educadamente, sorprendiendo a todo el mundo, pues lo habitual en él era mantenerse en sus trece. Se ve que la muerte de Justo y la detención de Ovidio lo tiene desconcertado. Marisa encendió el televisor. El reportaje había terminado.
-         Ahora toca el canal 25- dijo Pedrito.
En la pantalla apareció una reportera rubia a la que todos habían visto unas horas antes.
-         Esa es la periodista del culo gordo- dijo uno.
-         Ya te gustaría a ti, pillarla- dijo otro.
-         Silencio- gritó la mujer del primero, mientras fulminaba a su marido con la mirada.
La periodista decía:”… el cadáver fue encontrado en el interior de la panadería  que regentaba. Presenta varias heridas de arma blanca. Este caso nos recuerda otros crímenes cometidos no hace muchos años, y que son reflejo de la España profunda, que algunos ya creían superada”.
Se hizo el silencio en el bar. ¡Que estaba diciendo la tonta del culo gordo! ¡España profunda! “Nuestro pueblo es pequeño y en invierno quedamos cuatro gatos, pero no somos ni criminales, ni paletos, ni analfabetos”.
Fueron cambiando de canal y en todos quedaron mal parados. En muchos reportajes al único que sacaron fue al Mariscal, acompañándolo de comentarios irónicos y poco favorables. De la algarabía inicial se pasó al silencio, luego al cabreo y por último a la resignación.
Cuando terminó el último parte, se fueron a sus casas, caminando por la sombra y de mal humor.
Por la tarde el calor era insoportable. Las calles quedaron desiertas. Así como lo pájaros se refugian entre el espesor del follaje, los vecinos de San Lorenzo buscaban los lugares más frescos de sus casas, permaneciendo en ellas hasta que llegó la noche. Entonces salieron al fresco, cada uno a su grupo de costumbre y retomaron los comentarios sobre lo sucedido la noche anterior.
Daniel salió a dar un paseo por el pueblo. Por su papel de testigo- como alguno lo definió- en la detención de Ovidio, era reclamado en cada corro para que relatase como se había producido. Le preguntaban por el comportamiento de Ovidio, qué dijo cuando lo detenían, cómo reaccionó la Nico… A Daniel le incomodaban esas preguntas. Hubiese preferido no tener nada que ver con el asunto,  si fue a casa de Ovidio es porque el Sargento se lo pidió. Daniel respondía con evasivas y alguno hubo que no le sentó bien, hasta el punto que al retirarse escuchó comentarios poco amables hacia su persona. Decididamente esta no es una buena noche para pasear por el pueblo. Daniel regresó a casa.  ¿La curiosidad será un efecto de la ociosidad o será una condición innata del hombre?, pensaba Daniel en su camino de vuelta.
De su paseo sacó dos conclusiones: la primera, que algunos no le tenían mucho afecto y la segunda que el pueblo estaba dividido entre los que pensaban que Ovidio “hizo lo que tenía que hacer” y los que pensaban que no se puede tomar la justicia por la mano, estaba dividido entre los que se sentían ofendidos  por el tratamiento de la noticia por parte de la prensa y los que estaban encantados con el barullo. Pertenecían a este grupo los veraneantes. Para ellos el crimen era como una atracción más de las fiestas y que les permitiría contar algo interesante cuando regresasen a sus casas.
Pepe, por su trabajo detrás de la barra del bar, escuchó los comentarios, las opiniones y las reflexiones de sus parroquianos, y al final de la noche, con su vena filosófica, sentenció:”cada persona es un mundo”. Frase que no por mucho repetida deja de ser menos cierta. No podemos más que estar de acuerdo con él. Si fuésemos matemáticos y contabilizásemos las combinaciones que se pueden obtener con las variaciones; hizo justicia versus es un crimen, los periodistas son unos sinvergüenzas versus los periodistas hacen su trabajo, se podía haber evitado versus era inevitable, y otras posibilidades, alcanzaríamos un número casi infinito de resultados. Como infinito es el número de huellas dactilares, que cada uno tiene la suya, única e irrepetible como lo son también nuestras ideas y pensamientos. Y sólo aquellos que no creen en el género humano, que no han entendido su naturaleza, quieren sociedades uniformes con un pensamiento único y que coincida con el suyo. El sentimiento de la Patria, de la Nación, de la familia, de la religión de cada ciudadano tiene que ser  el que ellos establezcan como “normal” y correcto. En épocas pasadas intentaron imponerlo a la fuerza y alguno hay que lo intentaría hoy día.
El funeral por Justo, se celebró al día siguiente a las seis de la tarde. A Don Simón no se le vio ni la noche del crimen, ni en todo el día de ayer, ni en la mañana de hoy. Permaneció todo el tiempo encerrado en su casa. Los que se dieron cuento de su ausencia lo atribuyeron a que el hombre estaría muy afectado por el suceso. Que en un pueblo de gente pacífica como es la de San Lorenzo se cometa un crimen, afecta necesariamente a cualquier persona bien nacida y si se trata de un alma sensible como es la de Don Simón con razón de más.
Daniel asistió al funeral desde un lugar privilegiado. Se sentó en el coro que por motivo de las obras de restauración estaba cerrado al público y por el mismo motivo abierto para él. Desde allí podía ver a Don Simón en el altar y la nave de la iglesia repleta de fieles. Las mujeres desplegaban sus abanicos intentando aliviar el intenso calor. Los hombres esperaban en la puerta de la iglesia al último momento para ocupar su lugar en los bancos.
Los primero bancos de la iglesia estaban reservados para la familia del difunto. Quedaron vacíos. Ni la ex mujer de Justo ni sus hijos asistieron al funeral. No sería tan bueno, como algunos despistados declararon ante las cámaras de televisión, cuando ni sus propios hijos quisieron despedirse de su padre. Como sucede siempre las murmuraciones no se hicieron esperar.
Una señora de la tercera fila izquierda decía empleando un tono de voz que se escuchó en toda la iglesia:
-         ¡Como debió de ser para que ni sus hijos vengan al funeral!
A lo que respondió una mujer dos filas más atrás.
- Haya hecho lo que haya hecho, un padre es un padre y deberían estar aquí.
Esta lógica del A es igual a A, es decir; un padre es un padre, y otras por el estilo es un argumento empleado con asiduidad y no sólo por gente necia y poco reflexiva, como es el caso de la señora de la quinta fila, sino por algunos que se las dan de sabios e intelectuales. Es ésta una lógica aplastante que deja al oponente sin posibilidad de rebatir. Es una victoria más que por aplastamiento por apedreamiento.
Un señor de la quinta fila, pero esta vez derecha, no debió quedar muy convencido por que dijo:
-         Cada uno recoge aquello que siembra y recibe el premio que se merece. Todos tendremos que rendir cuentas de nuestros actos ante Dios nuestro señor. De lo que deducimos que este señor utiliza los mismos razonamientos que usan las parábolas bíblicas y que algunos llaman “razonamiento parabólico” y en los casos en que se abusa de él: “hiperbólico”.
La cosa se animaba poco a poco, y los comentarios surgían de todas las filas, tanto de las de la derecha como de las de la izquierda. Un señor al fondo gritó:
-         A lo mejor la culpa de que no estén aquí sus hijos la tiene su viuda, porque es bien conocido que muchas veces, tras las separaciones, las mujeres ponen en contra a los hijos de sus padres, movidas por el resentimiento y el interés.
Por este comentario todo el mundo se enteró de que Adolfo, el de la pesca, que es el que así hablo, se había separado de su mujer.
Daniel se estaba poniendo enfermo. Toda esta gente habla de Justo y su familia sin saber. Los problemas de cada casa los conoce y padece cada uno y pueden ser tan desconocidos para su vecino como lo pueda ser la cara oculta de la luna.
Gracias a Dios, Don Simón, salió de la sacristía y se dispuso a iniciar la misa. Hizo callar al auditorio con un gesto de su mano. Sus primeras palabras no se escucharon. Habló en un tono bajo, inaudible. A continuación se puso a gritar y luego se quedó en silencio. Pasó un minuto, luego otro y don Simón no reaccionaba. La gente retomó las murmuraciones. Don Simón estaba despistado y desorientado. Por fin consiguió retomar el hilo y prosiguió con la ceremonia. Daniel pensó: “¿alguien más estará al tanto de las relaciones entre Don Simón y la Nico?”. Mal que bien fue cumpliendo con los rituales de su oficio. Al llegar el momento de la homilía se dirigió al púlpito.

“Queridos hermanos. Nos hayamos aquí reunidos para rendir un último homenaje, y despedirnos de este nuestro hermano Justo. Venimos a este mundo por la Gracia de Dios y al finalizar nuestra vida volvemos a él. Nuestro paso por la tierra es efímero, fugaz, un tiempo concedido por Dios nuestro Padre antes de retornar a él. Pasamos por esta vida como peregrinos, como turistas a la búsqueda del Amor. Es el Amor, su realización y su logro el fin último de nuestros actos. Nuestras acciones son buenas si están guiadas por el Amor. Dios perdonará nuestros pecados si han sido cometidos por Amor. Porque el que ama, no puede pecar, podrá cometer errores pero no pecar. Eso Dios lo sabe. Sabe que errar es propio de los hombres. Y como no lo va a saber, si el nos creó. Nos creó con defectos y nos enseño el camino para que nosotros superásemos esos defectos, para que venciésemos nuestras limitaciones, superásemos nuestras miserias, para alcanzar la Virtud. Y la Virtud no es otra cosa que el Amor. Justo habrá podido pecar, como cualquiera de vosotros o como yo. Ninguno está libre del pecado. Pero si el pecado es por Amor, Dios…, Dios…”
Don Simón se desmayó. Samu, el sacristán acudió en su auxilio, lo recogió del suelo y lo sentó en una silla. El alboroto en la iglesia era tremendo. La gente se arremolinaba en torno al cura, impidiéndole tomar aire, por lo que Samu se puso serio y ordenó que cada cual volviese a su sitio.
El cura se recuperó poco a poco. Consiguió ponerse en pie para dar la comunión y terminar la ceremonia.
Sacaron el ataúd a la puerta de la iglesia donde esperaba el coche fúnebre para conducirlo al cementerio. Como el calor era insoportable casi todo el mundo se fue a casa o al bar a tomar una cerveza. Sólo algunos de los que viven todo el año en el pueblo se llegaron hasta el cementerio.
Justo el panadero fue enterrado sin que nadie lo llorase.


jueves, 1 de marzo de 2012

Dichos Populares

En Hinojosa de duero (Salamanca) se dicen estas curiosas coplillas que llevan su moraleja:
(aportación de Marta)

I

Subió una mona a un nogal
y cogiendo una nuez verde
en la cáscara la muerde
lo que le supo muy mal.
Arrojola el animal.
Esto suele suceder
al que su empresa abandona
al encontrase como la mona
obstáculo que vencer.

II

No debes reirte , Juan
de ver a tu amigo tuerto
que más ve el con un ojo
que tú con los dos ojos abiertos

III- Recomendaciones para las mozas.

- No te enamores de Denge
que viene la calle abajo,
enamórate de aquel
que esté enseñao al trabajo
- ¿Qué es el Denge?
- Que presume de talón
y pisa con el contrafuerte.

IV- Recomendaciones para los mozos.

No te enamores galán
de la dama peripuesta
que es como el caracol
que lleva la casa a cuestas

A continuación puedes leer expresiones populares que se utilizan en Cabezas del Villar (Avila)
(Aportación de Ismael).

V- "Gallinas al jabón".

Se utiliza la expresión: "Gallinas a jabón" para indicar que algo esta hecho sin orden ni concierto, a deshoras o de mala manera.
Por ejemplo se dice: Haz esto que luego vas a andar a gallinas a jabón.

VI- "Coger el dos".

- ¿Qué haces estudiando?, eso es perder el tiempo. Tu te coges el dos, haces las oposiciones y ya está.

VII

"Coger el pendil y la media manta".

VIII.- " Por me"

Ismael por la mañana llevate la cazadora por me del frío.

IX

Quitate de esa ventana
no me seas ventanera
que la cuba de buen vino
no necesita bandera.

X

No te cases con herrero,
ni con labrador mediano
casate con molinero
que se cobra por su mano.

lunes, 6 de febrero de 2012

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo XV)

CAPITULO XV

El diez de agosto, fiesta de San Lorenzo del Valle está a la vuelta de la esquina. El pueblo se ha trasformado, las calles antes desiertas, ahora están repletas de veraneantes vestidos con bermudas, camisetas y sandalias. El Vivillo ha pasado de ser un individuo a ser un integrante de las masas, ha pasado de ser un elemento singular a ser un componente más de la humanidad. Ya no es el único niño del pueblo. Este cambio es bueno para él, ahora tiene con quien jugar y con quien compartir las calles de San Lorenzo. Hasta parece más tranquilo.  Si durante el invierno no para quieto en ningún sitio, ahora se le ve entre sus primos o vecinos mas pausado, grita cuando los otros niños gritan, corre cuando los otros corren y se sienta cuando toca estar sentado. Una tarde, Daniel, lo sorprendió  escondido detrás de una tapia mirando al interior de un huerto. Daniel pensó: “éste ha visto un nido o está mirando algún bichejo”. Se acercó en silencio, sin que el Vivillo se diese cuenta. Al mirar tras la tapia se encontró con que en lugar de un mirlo, lo que con tanto interés miraba el niño, era a la Sofía, su prima que estaba haciendo pis acompañada por una amiguita. Arreó una sonora colleja al muchacho.”¡Cochino!, ¿Qué estas haciendo?”. El Vivillo se giró sobresaltado y retirándose un poco para poner tierra de por medio dijo:”lo mismo que haces tu con la Irene”.
Daniel se fue hacia el Vivillo con intención de repetir el cachete, pero el niño salió corriendo, diciendo:” te he visto. La miras cuando toma el sol”.
Era cierto. Hasta ayer, en la piscina,  no había podido ver lo que durante tantos días solo pudo imaginar. Cuando llegó el calor, Irene empezó a tomar el sol en el patio de su casa y aunque Daniel desde la ventana de su cuarto no podía verla, si alcanzaba a ver las escaleras por las que Irene bajaba cada tarde, siempre a la misma hora, como la disciplinada estudiante de oposiciones que es. Ahora ya conocía lo que antes solo se imaginaba, pero es cierto que si hubiese tenido oportunidad la habría espiado igual que el Vivillo hacía con su prima. El condenado muchacho tenía razón. No sería justo atizarle. “Lo que estabas haciendo está mal y punto. No se debe espiar a la gente”, dijo.
Las niñas salieron del huerto montaron en sus bicicletas y se marcharon. El Vivillo disimulaba lanzando piedras a un bote. Daniel continuó su camino y el Vivillo el suyo, que no era otro que el que habían tomado las niñas. Daniel se puso a pensar en que si el Vivillo está enterado de que le gusta Irene y en el senado el otro día le tomaban el pelo con eso de que “a lo mejor el arreglo lo tiene aquí”, todo el pueblo lo sabrá. “Seguro que soy el tema de conversación de todo el mundo”. No andaba muy desencaminado. De todas formas no tenía mucho de que preocuparse pues pronto los senadores y el resto del pueblo tendrían cosas más importantes de las que ocuparse.
La noche del 31 de julio hacía un calor asfixiante, a medianoche el termómetro marcaba todavía 28 ºC. Sentados en los poyos o en sillas sacadas de casa, las gentes de San Lorenzo buscaban en la calle un frescor que la noche no traía. Hacía tres días que el calor no daba tregua. Las conversaciones, era inevitable, trataban sobre el tiempo. Los más optimistas creían que con la llegada de las canículas cambiaría y los vecinos preguntaban a Ovidio el pastor, que cuando refrescaría. Ovidio era considerado el experto local en cuestiones climatológicas. Tantos años en el campo guardando las ovejas, han tenido que servir para algo. Lo primero que hace Ovidio al levantarse cada mañana es asomarse por la ventana de su casa. Mira la veleta de la torre de la iglesia, para ver si sopla gallego o solano, observa si está despejado o si hay nubes, si hay rocío o escarcha. Tras analizar los datos obtenidos elabora la predicción de la jornada. “Hoy tendremos calor”, “esta tarde no falla la tormenta” o lo que corresponda. Últimamente con la predicción del tiempo en la televisión, la gente ya no le pregunta como antes. Prefieren ver a la chica de los mapas, que da el pronóstico para tres días y no se equivoca casi nunca.
La preocupación de Ovidio esa noche no era el calor, ni el tiempo que haría en los próximos días. Lo que quitaba el sueño al pastor era el cartel que Justo, el panadero colgó en la puerta de la panadería. Estaba escrito con un rotulador en la parte de atrás de la hoja de un calendario y decía así: “EL 15 DE AGOSTO SE CIERRA LA PANADERIA POR JUBILACION”. El Senado se ocupó de la noticia, como hace con cada suceso sea grande o pequeño, desmenuzándolo hasta sus átomos.
Decían que el panadero lo tenía bien estudiado. Mantenía la panadería abierta hasta el 15 de agosto aprovechando que es cuando más personal hay en el pueblo y luego cuando han acabado las fiestas y la gente se ha ido, va y cierra. Muy listo. La novedad, como siempre sucede, tenía un tratamiento diferente dependiendo de quién la analizase. A algunos el cambió le gusta a otros le disgustan y a los que ya lo tienen asumido, no les da ni frío ni calor, están pensando en otra cosa. A los amantes de la rutina cualquier cambio les descoloca.  Se habían acostumbrado al pan de Justo y no les gusta otro. A los que no les gustaba porque lo dejaba muy cocido o muy blanco, o lo que fuese estaban encantados con el cierre. Y por último estaba el grupo de aquello que ante lo inevitable, ya se habían hecho a la idea de comprar el pan al panadero de Castro que vendría a traerlo todas las mañanas en su furgoneta.
Psicólogos, sociólogos y estadísticos podrían estudiar los datos estableciendo categorías en optimistas, pesimistas y realistas según las reacciones da cada individuo al cambio. Podrían hacer sesudos estudios sobre el comportamiento, la capacidad de adaptación o cualquier otra variable digna de estudio. Tras meses de trabajo y el cobro de importante honorarios llegarían a alguna conclusión que no sólo sería intrascendente sino también absurda. Y lo que es peor, les daría motivos para escribir un libro de autoayuda, en que nos darían el remedio infalible para alcanzar la felicidad y que probablemente estaría aderezado con algunos cuentos a modo de ejemplo. Esos libros proliferan, y las autoridades de consumo harían bien en vigilar y controlar a ese pujante sector editorial. Son una estafa.
Estas conversaciones y otras por el estilo se producían en las tertulias callejeras, por que con la llegada de los veraneantes el nivel intelectual subía. Se puede encontrar a un catedrático de matemáticas junto a un yesista unidos todos por el calor y un origen común. Todos son hijos de San Lorenzo del Valle como decía Don Simón en sus homilías dominicales, y si alguien duda que en un pueblucho de mala muerte se pueda hablar de psicología en una noche calurosa, tenga en cuenta que en el momento que juntas dos españoles, cualquier tema, institución o persona puede ser objeto de crítica. Los tertulianos de San Lorenzo tiene algo a favor y es la sinceridad y espontaneidad de sus opiniones, como todo el mundo se conoce y sabe de que pie cojea, el disimulo, las poses y las apariencias están fuera de lugar. Y es algo que tienen ganado frente a los tertulianos profesionales de televisiones y radios, que también opinan de todo sin saber de casi nada, dicen las mismas tonterías y encima toman partido a favor de quien les paga, dándoselas de listos y liberales. Estas tertulias son también tema habitual en las charlas de verano, junto con el último lío entre famosos, o las novedades acaecidas en las familias de los veraneantes.
-         La hija de Tomás, el de Maruja ha tenido una niña.
-         ¿Cómo la van a poner?
-         Teresa, como su madre.
-         Cuántos tiene ya.
-         Cuatro.
-         ¡Caray!, con la teresita, si de chica no valía pa na.
-         Pues mira ahora. Cuatro y no tiene intención de parar.
-         Será que ganan bastante. Porque hoy en día sin un buen trabajo no se mantiene a cuatro hijos que son muchos gastos.
-         Su marido está bien colocado. Creo que trabaja en algo de carreteras.
Daniel escuchaba las conversaciones desde su habitación con las ventanas abiertas de par en par, a la caza de una ráfaga de viento que refrescase algo el ambiente. No podía dormir. Llevaba varios días sin poder hacerlo y no era por el calor, era por Irene. En esto también coincidía con Ovidio. A los dos le quitaba el sueño una mujer. Daniel pasaba día y noche pensando en Irene. Para colmo de males esta mañana habían llegado sus padres y hermanos para pasar con ella las fiestas. Los planes para estar con Irene se fueron al traste.
         Sonó una campanada en el reloj del Ayuntamiento. Daniel miró el reloj para ver si se trataba de la media o de la una. Era la una. En la calle continuaba la tertulia. Dentro de la casa el silencio era absoluto. Los Belgas estaban de viaje en Bélgica y no volverían hasta pasado mañana. Daniel se puso una camiseta, un pantalón de deporte y unas zapatillas y salió a la calle. Se unió a los vecinos.
-         Buenas noches.
-         Buenas noches.
La conversación giraba sobre otro tema habitual; hombres y mujeres. Los participantes en el debate eran un matrimonio de unos sesenta años- él llevaba una camiseta del Real Madrid-,la madre de ella en una silla de ruedas, que por su edad y estado no participaba en el debate, una mujer mayor, viuda, y su hermana y cuñado, es decir todos gente de edad. Dos casas más abajo había otro corro, formado por los hijos y nietos de estos y otros vecinos. Allí el tono era más alegre, se oían risas y los niños jugaban alrededor. Los pequeños estaban en su salsa, a la una de la mañana jugaban en la calle, mientras en sus casas durante el resto del año llevarían varias horas durmiendo.
Daniel hubiese preferido unirse al grupo de los más jóvenes, pero le pareció de mala educación evitar a los que estaban a su puerta. Se arrepintió al momento. La tertulia era casi un monólogo. El hombre con la camiseta del Real Madrid era el que hablaba.”…porque como trabajan se creen que pueden hacer lo que les dé la gana, y así nos va. De las mujeres de antaño podías fiarte, que tenían su papel y lo cumplían, pero ahora no te puedes fiar de ninguna, que cuando menos te lo esperas se van y ahí te dejan, que si quieres arroz Catalina. No hay más que ver la televisión, que salen enseñándolo todo, sin ningún respeto, ¡porque tendrán un marido! Pero a esas les da igual. ¿Tengo o no tengo razón?”. Su mujer miraba para otro lado y no contestó. La viuda dijo:
-         Claro que tienes razón, ¡como no la vas a tener! Sin ir más lejos hay nos tienes, a mi marido que en paz descanse y a mí. Cuarenta y ocho años de casados y nunca dimos que hablar, que si mi Pepe, mandaba algo, yo lo hacía sin rechistar.
-         Yo no decía tanto-continuó el del chándal-no os vayáis a pensar que yo quiero tener a la mujer atada a la pata de la cama. Que no soy de esos: ¿Sí o no?, Puri.
-         Sí -contestó su mujer.
-         Pues eso, que yo respeto a las mujeres. Pero una cosa es el respeto y otra el desmadre que hay ahora. Y os digo una cosa, que la culpa la tiene el Gobierno. Si a mi me dejasen acababa con todo esto en cuatro días. Empezaba por quitar eso de las pastillas para abortar. ¿Cuándo se ha visto cosa igual? O sea que andas por ahí como un pendón, y luego vas a la farmacia para que te den una pastilla, y sino a abortar, que total da igual…
Como el imbécil continuaba, Daniel optó por irse al bar a tomar algo, no aguantaba más tanta tontería. Entró en la casa para coger algo de dinero. Se despidió del machista y sus oyentes y se dirigió a casa de Pepe. Cuando llegaba a la plaza escuchó unos gritos. Al principio pensó que procedían del bar. En las noches de verano se juntan a la puerta del bar, los jóvenes veraneantes para tomar algo y empezar la noche. Como el bar de Pepe es el único del pueblo, todos los jóvenes se van a las fiestas de los pueblos cercanos o a las discotecas de Castro y a la vuelta se meten por los caminos para evitar los controles de alcoholemia de la Guardia Civil.
Los gritos no procedían del bar. Venían del otro extremo de la plaza, de la panadería. Daniel por fin entendió lo que decían: “Está muerto, Justo está muerto”. Otro gritaba: “llamar a una ambulancia, llamar a una ambulancia”.
Daniel pensó que para que quieren una ambulancia si ya está muerto. A quién hay que llamar es a la Guardia Civil. Llevaba en San Lorenzo el tiempo suficiente como para saber quien debía ocuparse del caso. Los que gritaban eran unos veraneantes, vecinos del panadero y por lo que se ve no muy puestos en los rumores del pueblo.
El primero en llegar fue Porfirio, el Alcalde, que dio la razón a Daniel, “hay que llamar a la Guardia Civil”, dijo.
Los hechos ocurrieron de la siguiente manera. La panadería tiene en la parte de atrás, un almacén donde Justo guarda la harina y la leña para el horno. Al almacén se entra por un portón grande que da a la calle trasera. A cada lado del portón había dos moreras que plantó el padre de Justo cuando empezó con la panadería. Dijo que de esa manera, los días de calor cuando tuviesen que descargar la harina podrían trabajar a la sombra. Las moreras crecieron, y debajo de ellas se formaba una de las reuniones más numerosa de las noches de verano. Justo no faltaba nunca, pero esta noche el panadero no salía. A los que estaban de cháchara les pareció raro, así que fueron a llamar a su casa. Primero por la puerta del almacén y luego por la de casa. Como Justo no respondía, el personal empezó a inquietarse y a preguntar si alguien lo había visto.  Nadie lo había visto desde que cerró la panadería por la mañana. “¡Qué raro!”, -decía la gente-, si no falta nunca. ¿Qué hacemos?”
Nada. De momento cada uno siguió a lo suyo, es decir sentado al fresco, hasta que pasó Pedro, el hijo de Pedrito el catalán, camino de su casa. Le hicieron la pregunta de rigor.
-         ¿Has visto a Justo?
-         No, ¿por qué?
-         Por que esta noche no ha salido a la calle y es muy raro. No falta nunca.
-         ¿Habéis llamado?
-         Sí.
-         ¿Y qué?
-         Nada.
-         ¿Se ve luz encendida?
-         No.
No necesitó más explicaciones. De un salto subió a la morera, trepó por una rama y se coló por una ventana del almacén. Los de la calle oían como llamaba:”Justo,…Justo”. Se hizo el silencio y unos minutos después se abrió la puerta. Pedro con el semblante serio anunció: “Justo está muerto”. El primero en entrar fue Rafaelillo, un picador de toros retirado. De él procedían los gritos que escuchó Daniel. “Justo está muerto, está muerto”.
Daniel se acercó a la panadería. La gente se apelotonaba, formado un corro en donde Rafaelillo contaba lo que había visto. “Está tirado en el suelo de la cocina, sobre un charco de sangre”. Dentro estaban Porfirio, el Alcalde, Pedro el descubridor y otro vecino. Una mujer en la calle gritaba pidiendo que se llamase a una ambulancia. Salió Porfirio y la mandó callar.” Calla mujer, este ya no necesita un médico. Hay que llamar al cuartelillo”
Alguien sacó un teléfono móvil y se lo pasó Porfirio. Era un teléfono moderno y el Alcalde no sabía ni cogerlo contra más hacer una llamada. Se lo devolvió al propietario del artilugio, y le dijo que marcase. A continuación le dictó el número de la Guardia Civil y cinco minutos después llegó el coche blanco y verde con el Sargento Tejedor y la Guardia Rodríguez. Medio pueblo estaba en la puerta de la panadería y el otro medio en la cocina de Justo. Daniel era del grupo de la puerta. Siempre le impresionó mucho la sangre y no tenía ningún interés, ni curiosidad en ver el cadáver.
El sargento entró en la casa. Lo primero que hizo fue bajar varios santos del cielo, blasfemar, soltar un amplio repertorio de insultos y mandar a todo el mundo a la puta calle. Primero se dirigió al Alcalde, “no tenías que haber dejado entrar a nadie, coño”, y luego a la guardia Rodríguez, “llama al cuartel pidiendo que nos manden a alguien y no dejes pasar a nadie”.El Sargento se dirigía  a la salida:
-         ¿Dónde va?, mi sargento- dijo Rodríguez.
-         Voy a buscar a Ovidio. No se le vaya a ocurrir hacer otra tontería más.
Al salir se cruzó con Daniel. Pasó de largo, pero unos metros más allá, se paró en seco, se giró y le dijo:
-         Acompáñame. El viejo se fía de ti, puedes serme de ayuda.
-         ¿Yo?-dijo Daniel.
-         Si tú. Es que todos los de la capital sois así de nacimiento, o es que os entrenáis. Vamos, en marcha.
Quedó claro que el Sargento estaba de un humor que no admitía réplicas. El sargento inició la marcha, Daniel detrás y a continuación se formó una caravana de curiosos siguiéndoles.  Cuando se dio cuenta de la procesión que arrastraba, el agente se paró, puso los brazos en jarras y soltó.
-         ¿Qué cojones os creéis que  es esto?, un espectáculo de las fiestas. El que dé un paso más duerme esta noche en el cuartel. Por mis santos cojones.
Daniel no daba crédito. Tenía una idea completamente diferente del sargento, siempre sonriendo, hablando con suavidad, muy educado, casi empalagoso pero esta noche parecía que lo habían ascendido a General y  daba órdenes como si estuviese en el frente de una batalla.
Llegaron a casa de Ovidio. La luz estaba encendida y la puerta abierta. A pesar de las amenazas del sargento, en la calle estaban algunos vecinos y curiosos que no querían perderse ningún detalle. La Nico les esperaba en el recibidor.
-         ¿Dónde está?-preguntó el sargento.
La Nico no contestó. Hizo un gesto con la mano, señalando la puerta del corral.
-         ¿Cómo está?
La mujer ésta vez no hizo ningún gesto.
-         Vamos- dijo el Sargento dirigiéndose a Daniel.
Los dos se encaminaron al corral. Encontraron a Ovidio, el pastor, en la mitad del corral, sentado sobre un cubo de hojalata dado la vuelta, de espaldas a la puerta, por lo que no podían verle la cara ni las manos.
-         Soy el sargento, y está conmigo, Daniel el de los bichos.
“Vaya por dios, así que me llaman de esa forma”, pensó Daniel. “Podían haber elegido otro nombre: Daniel el restaurador,.. Daniel el arreglasantos,…Daniel el de la Ciudad,..Daniel el Guapo,…pero no,..Tiene que ser Daniel el de los bichos…” Que en un momento de tanto dramatismo, Daniel se ponga a pensar en esto, es una muestra más de lo tonta que es la raza humana. O quizás no. Puede que sea un mecanismo de defensa que la selección natural ha desarrollado con el fin de distraer en los momentos de tensión y que el miedo no nos paralice. Dejemos estas disquisiciones para otro momento, en que tengamos tareas menos importantes  que resolver. Ahora  está en juego la vida de un hombre.
El sargento dio un paso al frente. El Pastor no se movió.
-         Ovidio vengo a ayudarte. No hagas ninguna tontería.
El pastor, quieto. El sargento abrió la funda de su pistola.
-         Escucha al sargento, Ovidio, está tratando de ayudarte- dijo Daniel.
El corral estaba a oscuras, el calor era sofocante y Daniel tenía su camiseta empapada de sudor pegada al cuerpo. Al sargento le corría el sudor por la cara.
El tiempo pasaba y Ovidio seguía sin reaccionar, no se movía, parecía que ni siquiera respiraba. El sargento estaba cada vez más nervioso.
Por fin el pastor se levantó del cubo en que estaba sentado, y muy despacio se giró. Su rostro espantaba. Un escalofrío recorrió la espalda de Daniel. La cara del pastor era una mueca, estaba retorcida, como si la boca la nariz y los ojos se hubiesen desplazado de su lugar intercambiando las posiciones. Donde debía estar la boca ahora estaba la nariz y donde la nariz los ojos. Daba miedo su boca, entreabierta, con los dientes a la vista y la lengua asomando entre ellos. Más que sacar la lengua como cuando se quiere hacer burla, se la mordía. Daniel pensó que se la iba a cortar.
-         ¿Lo has matado tú?-preguntó el sargento.
Ovidio no contestó.
-         Tengo que llevarte al cuartel.
El sargento es un buen hombre. Evitó la palabra arresto y dijo “tengo…”, como si fuese algo que hiciese porque era su deber, pero que a él no le gustaba, que si fuese por él haría otra cosa, el qué, no lo explicó y nosotros no lo sabemos.
Aquellos que piensan que en momentos de stress,- como es  moda decir, o como antes se decía, en los momentos claves de la vida de un hombre,- se está tan atolondrado según unos o concentrado según otros en lo que se hace, que las palabras pasan a un segundo plano,  están muy equivocados. Son estas dos frases, una en forma de pregunta y la otra en forma de obligación las que Ovidio recordará una y mil veces. Palabras que el Sargento, a pesar de los nervios y la tensión, eligió sabiamente y con inspiración, por lo menos eso le parece a Daniel.
Ovidio sin pronunciar palabra, se dirigió hacia un armario situado en la esquina del corral y abrió la puerta. Se movía a cámara lenta. El Sargento se llevó la mano a la pistola. No fue necesario ir más allá. Ovidio recogía su manta, la que tantas veces, durante sus días de pastor le protegió del viento en invierno y le sirvió de estera en las siestas de verano a la sombra de las encinas.
En todo el trayecto que hizo desde el corral, pasando por el pasillo de su casa hasta la puerta de la calle, Ovidio, no abrió la boca, ni siquiera cuando se cruzó con su mujer. La Nico lloraba con las manos cubriéndose el rostro.
El la calle esperaba la Guardia Rodríguez con el coche en marcha. Ovidio subió a la parte de atrás, junto al sargento. Al volante se sentó Rodríguez. Al otro lado de la calle unas cincuenta personas contemplaban la escena.
Cuando el coche de la Guardia Civil se perdió tras la primera esquina, todo el mundo volvió la mirada hacia la casa de Ovidio. Allí, junto a la puerta, estaba un joven al que muchos no conocían.
-         ¿Quién es ese?- preguntó alguien.
Respondió, Aristóteles Leonardo, el Mariscal.
-         Es Daniel el de los bichos.