Iniciamos una serie de artículos con el diario de Viaje a Guatemala







martes, 4 de octubre de 2011

Las Lagrimas de San Lorenzo (Capítulo XI)


CAPITULO XI

         Con la llegada del buen tiempo salieron de sus escondites las lagartijas y los viejos de la partida cambiaron el bar por los soportales del Ayuntamiento. A ellos se juntaron algunas mujeres, casi todas viudas.  El grupo al principio se reunía tomar el sol y cuando empezó a hacer calor retrasaron la hora de reunión y se ponían a la sombra. El resto del pueblo los conocía como el Senado y eran el órgano consultivo más importante del lugar. Si se quería saber algo de lo que pasaba en San Lorenzo había que preguntárselo al Senado.
         Daniel tiene alergia al cotilleo. No le interesa conocer la vida de los demás y desprecia a aquellos que lo hacen. Mal le parece el nivel de aficionados, pero no carente de malicia, de los senadores de San Lorenzo, pero lo que ya no puede soportar es el nivel profesional de las televisiones y las revistas. Se deberían prohibir esos programas. El sabe y nosotros también que eso es imposible. Si se intentase, aparecerían al momento, los defensores de la libertad de expresión. Se eleva a categoría de interés público el que cualquier famoso se case o se separe, tenga un hijo, o tome el sol en top-less en una playa de Mallorca durante sus vacaciones. Solo engañan a quien quiere ser engañado. Es un problema de difícil solución y que por desgracia se extiende a otros ámbitos, considerados tradicionalmente como serios.
         Se observa una tendencia a convertir las tertulias políticas en un espectáculo similar al de los programas de cotilleos. Las cadenas según sus afinidades políticas seleccionan a los tertulianos que generalmente son siempre los mismos. Son opinadores profesionales. Los políticos invitados adaptarán su discurso a la orientación de la emisora. Si son de su misma cuerda serán más radicales, darán más caña al adversario y si son de la cadena rival serán más moderados. El caso es decir barbaridades y cuanto más grandes mejor porque más venden.
         El Senado de San Lorenzo tiene un filón con la Nico y sus aventuras extramatrimoniales. Para el Senado la mujer de Ovidio es un pendón, que pasa en la panadería de Justo más tiempo del que se necesita para recoger el pan.
         “Justo, el panadero, y la Nico fueron novios durante muchos años, pero de la noche a la mañana se dejaron, y cuando Justo anunció que se casaba con Julia, la hija de Agapito, ¿te acuerdas de Agapito?, si hombre el carpintero, el hermano de Saúl, el que se compró el camión y se fue a Barcelona-, pues eso, que cuando Justo dijo, que se casaba con Julia, a la Nico no le quedó más remedio que buscarse a otro si no quería quedarse para vestir santos, y se casó con Ovidio que es veinte años mayor que ella…Diecinueve. Bueno que más da diecinueve que veinte,… no me interrumpas que pierdo el hilo, y luego no se lo que me digo. El caso es que fue todo dicho y hecho, que si un día se hicieron novios al siguiente se casaron, y mira que avisamos al Ovidio, que esa es una lagarta, que esas prisas, no son normales, pero Ovidio no veía o no quería ver, ni siquiera cuando nació Cosmín que no llevaban ni ocho meses de casados, y la Nico decía que era un niño prematuro, y ¡cómo va a ser prematuro si pesó siete kilos la criatura!, el Ovidio se dio por enterado. Es una pena porque el Ovidio podrá ser lo que sea pero a bueno no lo gana nadie en este pueblo, y lo que habrá aguantado ese hombre, si hasta cuando a Cosmín le preguntaban, ¿tu a quién te pareces a papá o a mamá?, el niño contestaba, ni a papá ni a mamá que yo he salido a Justo el panadero. Es el colmo de los colmos. Ovidio y la Nico tuvieron tres hijos más y salvo la Paula, la última, todos manchados de harina, que la Paula no lo puede negar, es clavadita al Ovidio. A pesar de todo Ovidio, el buen hombre, a todos los crió por igual, y dicen por ahí que cuando nació la Paula, Ovidio le dijo a su mujer, “mira, como ves, yo soy tan hombre como cualquiera y aunque tenga veinte años mas que tú,…”,diecinueve, ¡calla coño y no me interrumpas con tonterías!,..., ¿por donde iba?,…estabas contando lo que le dijo Ovidio a la Nico cuando nació la Paula, ¡ah si!; pues eso que Ovidio le dijo a su mujer que:” aunque tenga diecinueve años más que tú y sea casi un viejo, puedo cumplir como el que más, y sino mira a la Paula que es la más lista y la más guapa de todas las niñas”, y efectivamente tenía razón Ovidio que la Paula era la más espabilada, la que antes aprendió a leer y a escribir de toda la escuela, y la que se criaba mejor y más lozana. Y una mañana, de madrugada, cuando Justo se dirigía a la panadería, Ovidio le salió al paso y con la rozadera, que siempre la llevaba cuando salía al campo con las ovejas, le amenazó, se la puso en la garganta y le dijo: “si te vuelves a acercar a mi mujer te mato”, y esto lo sabemos gracias a que Pepe el del bar venía de rondar a la Marisa, que por aquel entonces estaban de novios, y lo escuchó todo, que si no es por él no nos habíamos enterado de nada. Después de aquello la Nico dejó de frecuentar la panadería y empezó a frecuentar la iglesia, que se decía que como había pecado tanto, tenía mucho que confesar, y que el pobre Don Simón, tendría que hacer horas extras para poder salvar el alma de la Nico, ¡tan pecadora ella!. Y así estuvo la cosa durante muchos años, hasta que la mujer de Justo se hartó de él, que bastante mérito tuvo aguantando tanto tiempo, y se fue con los niños a la ciudad, y cuando Justo se quedó sólo volvió a por la Nico, que ese hombre no sabe estar sin una mujer a la que arrimarse, y otra vez empezó el calvario del pobre Ovidio, solo que ahora no está el horno para bollos, y por eso fue por lo que el invierno pasado pasó lo que pasó, que si no es porque coincidió que estaban en el pueblo el sargento Tejedor y esa guardia nueva…, si hombre, esa rubia con tan mala leche, si no es por ellos habíamos tenido una desgracia, que seguro que salíamos en la televisión. Y cuidado que no pase algo, que hay bueyes que cuando se enfadan pueden ser más bravos que los toros”.
         Relatado de esta forma por los senadores es como Daniel se enteró de los líos de San Lorenzo del Valle.
         Daniel conoció a Ovidio, el pastor, al poco tiempo de llegar al pueblo, y desde el primer momento le interesó el personaje. Ovidio es de esas criaturas de campo que conocen el campo. Parece una obviedad, pero no lo es. Hay muchos pastores que han pasado su vida en el campo y cuando hablas con ellos te das cuenta que no saben casi nada de los animales y de las plantas que le rodean.  Distinguen las cogujadas y las mirlas, el resto son pájaros y de las plantas  conocen las que son buen pasto para el ganado y para de contar. Sin embargo Ovidio es una enciclopedia andante. Conoce todos los pájaros y sus costumbres. Sabe que si te acercas al nido de la pagañera tratará de engañarte haciéndote creer que no puede volar porque tiene un ala rota, sabe que el gallo tiene su nido en el hueco seco del roble que rajó el rayo, sabe que el chiviritín tiene su nido forrado de musgo debajo del puente del Vaso, sabe que al nido de la tufonda es mejor no acercarse por lo mal que huele, sabe que el relinchón cría en el soto y que el milano este año ha cambiado la casa que tenía en el fresno que está junto a la charca de las Barderas por el chopo grande del arroyo, sabe debajo de qué teja anida el cernícalo, dónde tiene la cama la liebre, en que árbol duerme el búho, los cardos de los que se alimentan los jilgueros. Sabe como criar un pollo de perdiz, o de tórtola, como se coge un lagarto, donde se pescan los mejores cangrejos, en qué regato está el mejor regajo, sabe donde coger los berros, los cardillos y los espárragos trigueros. Conoce las plantas que machacadas y vertidas en los cahozos del río hacen subir a los peces a la superficie, las que sanan al ganado y las que lo hacen enfermar. Sabe que la ortiga mejora la circulación de la sangre, que las flores de la malva curan el resfriado y que el hinojo alivia los gases y elimina la cagalera. Sabe conjurar a las vacas para quitarle los bichos. Sabe que cuando alguien lo necesita hay que ayudarle. Sabe todo esto y muchas cosas más, pero él no le da importancia.
         Los sabios como Ovidio, que ronda los ochenta años, tienen un problema. Han vivido una época en que parecía que la naturaleza era inagotable. Se podían coger los huevos de perdiz que se quisiesen que al año siguiente habría otros tantos y aunque son conscientes de que en los últimos años, ya no hay tantos pájaros como antes, no tienen entre sus ideas, la de la conservación de la naturaleza. Si cogen un galápago en el río se lo llevarán a un vecino que se lo habrá pedido para que jueguen sus nietos durante las vacaciones, si encuentran un nido de tórtola esperarán a que los pichones sean grandes para robarlos y si la garduña entra en el gallinero y acaba con las gallinas habrá que matarla.
         Fue así como Daniel conoció a Ovidio, el pastor. Un día, al poco de haber llegado a San Lorenzo, caminaba hacia casa después del trabajo. Se encontró con Pepe el del bar, y al Vivillo hablando con un hombre que resultó ser Ovidio. Contaba con toda naturalidad como esa noche en una trampa puesta en el gallinero había caído una garduña, bueno el no la llamaba así, el decía robapollos. Describía el lance y al animal. La corbata blanca, las uñas afiladas y como dentro de la jaula enseñaba los dientes y se revolvía con la fiereza natural de un animal salvaje. Allí mismo la mató y era el justo castigo por el delito que había cometido unas noches antes cuando se coló en el Gallinero y se comió a sus gallinas. Daniel como siempre interesado por todo bicho viviente quedó en que al día siguiente pasaría a ver el cadáver de la víctima. El Vivillo también se apuntó.
         Al día siguiente Daniel no había terminado de comer cuando se presentó en su casa el Vivillo para recordarle la cita. Fueron a casa de Ovidio. La Nico como siempre, no estaba en casa, “¡la muy candonga!”, así que les recibió Ovidio. El gallinero era una pequeña construcción que estaba cerca de casa pero a las afueras del pueblo, en una cortina con árboles frutales. Al llegar se encontraron con una sorpresa. Dentro de la jaula había otra captura. La compañera de la garduña había caído durante la noche. Era un animal pequeño, afilado, de color marrón, con el pecho blanco, las orejas pequeñas, largos bigotes y hocico alargado. Lo que más destacaba era su larga cola y la fiereza de su carácter. A Daniel le dio pena y al Vivillo también. Ovidio salió en busca de algo con lo que ajusticiar al animal. Ambos abandonaron el gallinero mientras Ovidio mataba al animal.
         Desde aquel día, Daniel y Ovidio se vieron muchas veces y siempre hablaban de lo mismo: los bichos del campo. Según la época del año la conversación era así: “ya canta la perdiz”, “he encontrado en un zarzal  a una pareja de pardillos haciendo el nido”, o “en tal árbol tiene el nido el milano”. Una mañana de junio habían quedado los dos para ir a pescar cangrejos al río Ranillas. Era poco después de que Daniel hubiese descubierto a su mujer con Don Simón. Sentía lástima de Ovidio. El viejo pastor estaba serio y poco hablador. Cebaron los reteles y los tiraron al agua. Durante la mañana repitieron la operación muchas veces. Cuando tenían el caldero mediado pararon a almorzar. Ovidio inició la conversación y lo hizo con tal franqueza que dejo descolocado a Daniel.
-         Un hombre puede dejarse engañar pero nunca humillar. Si pierdes la dignidad lo has perdido todo.
Daniel no sabía que decir. Ante su silencio Ovidio continuó:
-         Cuando acepté casarme con mi mujer sabía a lo que me exponía y acepté el riesgo. Nicolasa se casó conmigo porque no pudo casarse con Justo. Yo pensaba que con el tiempo lo olvidaría, pero no ha sido así. Su infidelidad es algo con lo que he tenido que vivir desde entonces. He soportado las murmuraciones, las burlas y los chistes. Pero tienes que saber que yo siempre cumplí con mis obligaciones, mantuve a mi familia con mi trabajo y a mis hijos nunca les ha faltado de nada. Pero hay cosas que no se pueden consentir.
-         Ya -dijo Daniel.
-         ¿Tú estás enterado de lo que pasa?
Daniel pensó:” ¡madre mía! ¿Sabrá Ovidio lo de su mujer con el cura? ¿Sabrá él que yo lo sé?”.
-         Enterado ¿de qué?- contesto Daniel.
-         ¿Has visto el anuncio de la panadería?
-         No.
-         Justo se jubila el mes que viene y cierra la panadería. Anda diciendo por ahí que se va a vivir a la ciudad.
-         ¿Y?
-         Pues que el otro día me llamó el Director de la Caja y me dijo que había ido la Nicolasa con intención de sacar todo el dinero de la cuenta. Como el de la Caja le dijo que necesitaba mi autorización, la Nico le contestó que ya volvería otro día. Al preguntarle por lo que pasó en la Caja, ¿sabes lo que me dijo?
-         Yo que sé- dijo Daniel.
-         Me dijo, que estaba pensando en cambiar el dinero a un banco en que nos diesen más intereses. ¿Puedes creerlo? Mira Daniel, yo habré podido soportar que me engañase, pero por lo que no voy a pasar es que abandone a su casa y a sus hijos, por más que estos sean grandes y no nos necesiten. A mi ya me ha hecho mucho daño y lo aguanto, pero no quiero que ellos sean la comidilla del pueblo, no quiero que tengan que dar explicaciones de porqué su madre se ha ido a vivir con otro. Antes cometo una atrocidad de esas que salen en los papeles.
Daniel pensó que el pacífico sería capaz de cumplir su amenaza.

martes, 6 de septiembre de 2011

Las Lagrimas de San Lorenzo (Capítulo X)


CAPITULO X

La Mantovani es más vaga que la chaqueta de un Guardia. Es esta una frase injusta y despectiva que no hace justicia al trabajo que desempeñan los miembros de la benemérita, y si no que se lo pregunten al sargento Tejedor que hace más horas el hombre que un adolescente en el facebook. Daniel odia estas frases hechas, y piensa que la supuesta “sabiduría popular” está sobrevalorada. Los refranes, sin ir más lejos, le parecen simples y peligrosos. Siempre que hay un refrán asegurando una cosa hay otro que dice lo contrario. El único refrán que le gusta a Daniel es: “donde no hay mata no hay patata”, que sería equivalente a la frase: “de donde no hay no se puede sacar”, pero dicho con más gracia.
Como decíamos la Mantovani es muy vaga. Todos los días llega tarde al trabajo. De su casa a la iglesia, habrá tirando por lo alto… cien metros, pero ella no, no puede venir vestida con la ropa de trabajo, no vaya a ser que alguien la vea por la calle con el mono puesto. ¡No hombre, no! Ella tiene que venir vestidita como si fuese de compras al Corte Inglés. Así que cuando llega lo primero que hace es ir a la sacristía a cambiarse de ropa. Luego reúne su material, en lo que emplea otro buen rato, y cuando por fin parece que los dioses le han infundido el ánimo, y le ha llegado la inspiración,  lo deja todo y se toma un café de su termo: “es que yo si no me tomo un café antes de empezar, no soy persona”, dirá la Mantovani justificándose. “Tu no eres persona ni aunque te bebas todo el café de Colombia. ¡Zángana, más que zángana!”, pensará Daniel. Cuando por fin se ponga a trabajar, Daniel ya llevará más de una hora en el tajo.
La Mantovani para a descansar a cada poco, unas veces a tomar café, otras a hablar por el móvil y otras a hacer alguna cosa en el ordenador. Entretiene el tiempo en hacer informes o responder al correo electrónico, cualquier excusa es buena para escaquearse. Y qué decir del día que no le da la gana hacer nada. Empezará incordiando a Daniel con preguntas y consejos: “esto lo deberías hacer así”, “yo lo hago de esta forma”, “estas empleando mucho tiempo en hacer esto”, “vamos mal de tiempo”, etc., luego se sentará delante de su ordenador a redactar el enésimo informe y cuando lleve un rato dirá que “en esta iglesia hace un frío de muerte, me voy a trabajar a casa que allí hay buena calefacción”. Cuando esto sucede Daniel respira profundamente, suelta el aire despacio y piensa: “¡Ojalá no vuelvas en todo el día!
Si la Mantovani  hace pausas a cada momento, Daniel es todo lo contrario, no le gusta dejar lo que está haciendo y luego volver a ponerse, “si te pones, te pones”. Eso sí, a media mañana le gusta subir al campanario de la iglesia a comer el bocadillo. Desde allí arriba la vista es magnífica.
A su derecha están los montes con sus faldas repobladas con pinos y sus cumbres peladas, en donde  aún hay restos de nieve, al frente la ribera, con sus chopos, fresnos y sauces, a su izquierda se extiende la dehesa con sus encinas y robles y a su espalda los tesos, que en su día fueron tierras de labor y ahora están abandonadas, trasformadas en un erial con alguna parcela de barbecho o de centeno. En torno a la iglesia se agrupan las casas y los corrales, la mayor parte están abandonados, unos tienen el tejado caído y a otros se les ve la estructura de madera entre los huecos de las tejas y pronto estarán igual. Alrededor de la plaza están los edificios con mejor aspecto. El Ayuntamiento con su torre del reloj nueva, el consultorio médico, el bar y la panadería. Se reconocen fácilmente las casas que son nuevas o están habitadas. Desde su atalaya Daniel puede observar los movimientos de la gente en la plaza y en los patios de las casas, puede ver la ropa tendida, a Ovidio dando de comer a los animales, a Justo el panadero metiendo la leña del horno, o a las Medias sentadas al brasero junto a la ventana. Si Daniel fuese cotilla podría espiar a la gente, pero le da pudor y le parece una falta de educación y de respeto. Prefiere contemplar el campo y a las aves que mirar hacia el pueblo. Además la única casa que sí le interesa no la puede ver. Por desgracia la casa de Irene queda oculta por la casa de los belgas, con su restauración de estilo rústico, su fachada de piedra y su cubierta de teja árabe envejecida.
Tampoco se ve desde el campanario el barrio nuevo que es la zona junto a la carretera donde han ido construyendo los veraneantes y que queda oculta detrás de una arboleda. Sólo se divisan algunos tejados y una casa de tres plantas que un hortera con ganas de llamar la atención pintó de granate. “¡Como le dejarían construir ese mamotreto!”, pensó Daniel. Pues muy fácil hombre, que no te enteras, es de un hermano de Porfirio el Alcalde.
Daniel hace su descanso para comer  el bocadillo a las doce. A esa hora llega el coche de línea. Primero se ve el techo del autobús a lo lejos, entre los árboles de la dehesa, durante un rato desaparece, y no se vuelve a ver hasta que pasa sobre el puente del río. Se pierde de vista otra vez y no es hasta que enfila la recta de las eras, ya a las puertas de San Lorenzo cuando el autobús se vuelve a ver. Es tan mala la carretera y con tantas curvas que en el tiempo que emplea el autobús en recorrer esos pocos kilómetros que hay entre la dehesa y las eras, Daniel ya habrá terminado de comer su bocadillo.
Las vistas merecen la pena, pero si Daniel sube todos los días al campanario es para vigilar a los pájaros. Debajo de las tejas de la iglesia se esconden los estorninos, hacen los nidos las palomas y los cernícalos acechan a sus presas. Hay varias parejas de cernícalos en el tejado de la iglesia. Es un espectáculo verlos volar con su batir de alas, permaneciendo suspendidos en el aire, estáticos, vigilando a una presa o a un intruso. A Daniel le gusta este sitio porque su altura permite ver volar a los pájaros por debajo de él, es un punto de vista interesante. Con la llegada del buen tiempo las golondrinas y los vencejos se unieron  a la fiesta. Los vencejos vuelan veloces, haciendo quiebros, subiendo y bajando, dan la impresión de poder estar volando permanentemente, sin pausa, como en realidad harían si no tuviesen que hacer un nido para criar.
En la iglesia no hay nidos de cigüeñas, cosa rara, pero que tiene su explicación. Según le contaron a Daniel, a Don Simón se le metió en la cabeza que los nidos de las cigüeñas eran un peligro para la iglesia y los parroquianos, así que se puso a reclamar a las autoridades para que los quitasen. Tanto dio la paliza que terminó por salirse con la suya. El resultado fue que cuando al año siguiente regresaron las cigüeñas, en el lugar del nido se encontraron con una estructura erizada de pinchos. Las cigüeñas comprendieron que no eran bien recibidas y se trasladaron a los fresnos desmochados que hay en el prado de Ovidio. Desde entonces La Nico, su mujer, llegado el mes de febrero empieza a quejarse: “lo que Dios no quiere que lo sufran los cristianos”, dirá a todo el que se encuentre, menos a Don Simón, que como es bien sabido, la Nico y el cura son uña y carne, y si él dice que hay que quitar el nido de la cigüeña de la torre de la iglesia sus motivos tendrá.
La suerte para Daniel es que con el cambio, los nidos se pueden ver perfectamente desde el campanario. Hay tres nidos, cada uno en un fresno. Por el mes de junio los pollos ya están grandes, con su pico negro y las plumas blancas.
Después del bocadillo, Daniel vuelve al trabajo. Una mañana a su regreso del campanario, la Mantovani estaba más pesada de lo normal. Su estado habitual es el de mosca cojonera. “¿Me pasas la espátula?”, “acércame el cepillo”, “haz una foto de esto”, es parte de su repertorio. Pero cuando más le gusta molestar es cuando Daniel está subido en el andamio. “¿Me subes el tapa poros?”, así que a bajar a por el bote y vuelta a subir. Cuando llegue arriba la Mantovani dirá “¡que cabeza la mía! No tengo la brocha”. Vuelta para abajo y Daniel renegando y reconcomiéndose las entrañas pero obedeciendo.
Una mañana la Mantovani recibió una llamada telefónica. Estuvo mucho rato hablando por el móvil y regresó al tajo más pesada que de costumbre, y eso es mucho decir. Superaba todos sus límites y a punto estaba de acabar con la paciencia del santísimo Daniel. Solo al terminar el trabajó se dignó a darle una explicación:
-         Mañana tenemos visita. Vienen a vernos el jefe y el Director de la Restauración.
“Lo que faltaba pal duro, el Mandamás y sus secuaces. Nada bueno nos traerán y si no al tiempo”.
-         Quiero que mañana todo esté en perfecto orden de revista- remató la bruja.
“¡Será hija puta!- pensó Daniel- ¿no lo podía haber dicho antes?, que ahora me va a tocar venir esta tarde”. Como Daniel arrugó el hocico y la Mantovani lo vio, dijo:
-         Bueno hombre no pongas esa cara. No es para tanto, yo vengo a ayudarte.
Daniel comió rápido y regresó a la iglesia. Se puso a recoger cosas, colocando a cada una en su sitio, ordenando cajas y limpiando. Retiró los lienzos con los que tapaban el trabajo ya terminado, para que pudiese ser visto; en fin que se pasó la tarde a todo trapo de allá para acá, haciendo de todo. Eran casi las diez de la noche cuando llegó la Mantovani.
-         Perdona que no haya venido antes, pero he estado muy ocupada haciendo un informe para que lo vean mañana. ¿Qué te hago?
-         Nada, ya casi he terminado- contestó Daniel más quemado que la pipa un indio.
Al día siguiente, a la hora convenida, estaban a la puerta de la iglesia, Porfirio el alcalde, Samu, el teniente alcalde, Don Simón, el cura y la Nico, no se sabe muy bien en calidad de qué. Será porque limpia la iglesia y porque es la que más visita a Don Simón y su confesionario. Las malas lenguas dicen que si tanto va a la iglesia es porque tiene muchos pecados que hacerse perdonar. Porfirio y Samu, llevaban la ropa de los domingos y Don Simón estaba uniformado con su sotana y alzacuellos, que por eso es un cura como Dios manda, de los de toda la vida, que ahora hay curas que parecen cualquier cosa menos curas. Todos estaban en su papel, menos la Mantovani que se pasó tres pueblos. Estaba vestida como si la que viniese de visita fuese la reina. Llevaba un traje con pinta de ser muy, pero que muy caro, de color gris oscuro, casi negro, con zapatos de tacón, que Daniel pensó que se iba a matar caminando por el suelo empedrado del atrio de la iglesia, aunque bien pensado, “ojalá se rompa una pierna”. Llevaba tanta pedrería repartida por todo el cuerpo, que parecía el muestrario de un viajante de joyería. Por el maquillaje y por como tenía cada pelo en su sitio dedujeron que se tenía que haber levantado a las del gallo, para poder restaurarse de esa manera. “Si madrugase lo mismo para restaurar a San Lorenzo, seguro que ya hubiésemos terminado hace tiempo”, pensó Daniel. Y si no fuese tan petarda se podría haber dicho de ella, que estaba guapa. La ilusión duró un instante; hasta que la Mantovani abrió la boca:
-         Déjame hablar a mí, si preguntan algo yo respondo, que tú seguro que metes la pata. Dijo La Mantovani, dirigiéndose a Daniel. Y lo peor no fueron sus palabras, sino que lo dijo en voz alta para que todos los presentes lo oyesen.
“Esta es la gota que colma el vaso”. Daniel estaba apunto de contestar cuando apareció el coche del Mandamás. Permaneció en silencio.
El Mandamás conducía un cochazo, un 4x4, de tamaño de un autobús. A su lado venía un hombre de unos sesenta y tantos años con el pelo blanco y muy gordo, y en el asiento trasero venía un hombre joven y delgado.
La Mantovani por la forma en que se dirigió al gordo ya debía conocerlo. En cuanto puso pie a tierra fue a saludarle, llamándolo por su nombre. Herminio le ofreció la mano, la Mantovani, se la cogió y le plantó dos besos. El gordo le presentó al delgado pero a éste solo le dio la mano.
La emperifollada tomó de un brazo al gordo y del otro al Mandamás y así, caminando entre los dos se dirigió hacia donde estaba el resto del personal esperando a que la estrella terminase su numerito.
Maria Victoria Mantovani de Castro, cumplió con el papel de anfitriona, presentando al Alcalde y a Don Simón. A los demás se los pasó por alto, incluido Daniel. El Mandamás se dignó a saludarle, estrechándole la mano y preguntándole:
-         ¿Qué tal el destierro?
“No, si encima va a resultar que el tipo es gracioso, ¡qué chispa!, ¡qué ironía, qué sentido del humor mas fino se gasta el pájaro!”, pensó Daniel. El Mandamás y el gordo, hablaron un poco con el Alcalde y el cura.
Antes se decía de las personas como Porfirio o Samu, que eran gente sin estudios, en un tono un poco despectivo. Ahora esa expresión solo la emplea la gente mayor. Puede ser que con la universalización de la enseñanza esa clasificación establecida en función de los años que se ha pasado por las aulas no tenga razón de ser y quizás sea mejor así. El problema es que como casi siempre se pasa de un extremo al contrario sin término medio. Si en la época de nuestros abuelos, el que había estudiado era alguien, y el que no, era “Don nadie”- exagerando un poco- ahora el conocimiento y la cultura carecen de valor, es más puede ser un motivo de descrédito. La persona culta y erudita es tomada por aburrida, y si se le ocurre decir algo de lo que sabe, será acusado inmediatamente de pedante. En el colegio o en el instituto el alumno brillante será catalogado como empollón, y no será “popular” que es el atributo más valorado. La chica o el chico más popular será el que tenga muchos amigos. Lo importante aquí es la cantidad. Solo hay que ver las competiciones que se establecen para ver quien tiene más amigos en el facebook. Para conseguir muchos amigos hay que hacer lo que sea, aunque para ello se tenga que someter a burla y escarnio a los compañeros más tímidos, menos aptos para los deportes, o a los empollones. ¿Cuándo nace este desprecio hacia los intelectuales? En la sociedad igualitaria actual lo mismo vale la opinión de un experto que la de otro cualquiera. A fuerza de machacarnos con la cantinela de que “todas las opiniones son igual de respetables” o “tan válida es mi opinión como la suya”, hemos desprestigiado el conocimiento. Por poner un ejemplo. ¿Cómo va a ser igual de válida la opinión de un creacionista iletrado que la de un científico que se ha pasado un montón de años estudiando la evolución? El fanático religioso, argumenta que la teoría de la evolución es una más entre otras muchas, que no está demostrada y se cree en la posesión de la verdad. Si el científico presenta las pruebas a favor de la teoría de la evolución, el creacionista se defenderá con eso de que “es una opinión, ni más ni menos válida que la mía”. Bueno esto en el mejor de los casos porque si damos con un integrista replicará que eso es una herejía que no se puede enseñar a sus hijos en el colegio. Dejemos bien claro que esto de la equipontencialidad de las opiniones es una patraña. No es lo mismo un sabio que un necio. Mientras que el sabio, sabe, el necio opina.
Llegado a este punto todo lo dicho anteriormente olvídese. Porfirio y Samuel no tienen estudios- concretamente el Alcalde es un bruto- y el cura ha estudiado lo que estudian los curas, que no sabemos si es mucho o poco- la asignatura de “pedir” debe ser de las mas fuertes-, mientras que el Mandamás y el Gordo son gente con estudios. En la conversación que mantienen los cinco a la puerta de la iglesia los papeles están cambiados. Son los señores los necios y los rústicos los ilustrados. Se puede haber pasado por la Universidad y no haber aprendido nada, éste es un caso que se da con más frecuencia  de lo que parece. El mandamás y el gordo son de los que no aprendieron nada, por ejemplo no son capaces de ponerse en el lugar del otro. Ambos se dirigen a sus interlocutores con desgana, con hastío, casi con desprecio. Es un trámite que tienen que cumplir y no les importa nada de lo que digan. Los miran con soberbia y aire de superioridad. Por el contrario tanto los ediles como el cura tiene bien aprendido que cualquiera que viene a visitarlos merece su respeto y no  solo eso, hay que agradecer la molestia que supone el llegar hasta aquí para ver a su San Lorenzo. Actúan en consecuencia, intentando ser agradables, corteses y educados. En esta ocasión son los ignorantes los que dan una lección a los sabios. En todo esto pensaba Daniel mientras esperaban a entrar en la iglesia.
La visita fue breve. A Daniel le pasó como a esos cocineros que están horas preparando la comida y cuando llegan los comensales la despachan en un momento. “¿Para qué estuve preparando toda la tarde de ayer la visita? ¿Para que luego no miren nada? A estos les importa todo un bledo”.
Se emplea más tiempo en contar lo que hicieron que el que ellos estuvieron en la iglesia. La Mantovani encabezaba la comitiva, seguida por el gordo y el Mandamás, a continuación el Alcalde, el Cura, Samu y la Nico. Cerrando el pelotón Daniel y el delgado. Llegados al altar, la Mantovani tomó la palabra para contar cuatro chorradas. El gordo ordenó al delgado que sacase unos papeles que traían en una carpeta. Los extendieron sobre el altar y firmaron en el margen de las hojas el Gordo, el cura, el Alcalde y el Mandamás. Habían levantado acta de su visita y del estado de las obras y dieron por concluido el acto. “A esto llamo yo hacer el paripé”, pensó Daniel.
El gordo empezó a decir algo sobre lo importante que era para el desarrollo de los municipios pequeños y para combatir la lacra de la despoblación la conservación del patrimonio artístico. Daniel ya no lo escuchaba. Se fijó en como el delgado observaba el retablo.
-¿Quieres que te lo enseñe?- le preguntó, a lo que el otro respondió con un movimiento de la cabeza afirmativamente.  Al contrario que su jefe este era parco en palabras.
Mientras Daniel le explicaba el trabajo realizado, el delgado se limitaba a escuchar en silencio moviendo la cabeza afirmativamente, era como esos muñecos de perro con la cabeza articulada que se ponen en las bandejas de los coches, y que con el movimiento del vehículo van diciendo siempre sí. Por lo menos prestaba atención. Miraba atentamente hacía los lugares del retablo que Daniel le iba señalando.  La explicación fue breve. En cuanto el Gordo terminó su discurso, la comitiva se dirigió hacia la puerta de la iglesia. Desde allí la Mantovani les llamó:
-         ¿Qué, Os vais a quedar?
En el atrio de la iglesia Porfirio, el Alcalde, les estaba invitando a un aperitivo que el Ayuntamiento tenía preparado para agradecerles su visita. Saltaba a la vista que a los visitantes no les gustó el ofrecimiento, pero aceptaron. Tomaron el rumbo del bar. Sobre unas mesas alargadas en medio del bar y cubiertas con manteles de papel, estaba dispuesto el ágape. Se habían unido algunos vecinos como Justo el pandero y el matrimonio de jubilados vecinos de los belgas. Don Simón se puso inmediatamente a la tarea. El chorizo era casero, el queso de la cooperativa y el vino era el de las ocasiones especiales. A Daniel le gustaba todo, a la Mantovani nada. Marisa le sirvió un refresco light. El Gordo repitió el mismo discurso que antes, sólo que en versión reducida, cuando terminó se despidieron rápidamente y se fueron, como se dice vulgarmente “cagando leches”. Como supo Daniel después, los cuatro, es decir: el Gordo, el Mandamás, la Mantovani y el Delgado, se fueron a comer a un restaurante caro, a cuenta de la partida “gastos de representación”, de la empresa.
     Daniel esa mañana quedó libre de volver al trabajo, pero cuando caminaba hacía su casa recordó que había dejado olvidado el móvil apagado en un bolsillo del mono de trabajo. Dio la vuelta. Tenía una llave de la iglesia que estaba en silencio y como la luz que entraba por las ventanas era suficiente para ver donde se ponían los pies, no encendió la luz artificial. Se dirigió a la sacristía y  allí se encontró con…, no puede ser,… El cura y la Nico estaban abrazados, cada uno con sus respectivas faldas arremangadas.
Daniel dio media vuelta. “Gracias a Dios que no me han visto”, pensó, y salió caminando de puntillas y casi sin respirar para no hacer ruido.




lunes, 1 de agosto de 2011

Las Lagrimas de San Lorenzo (Capítulo IX)


CAPITULO IX

La esperanza es lo último que se pierden, dicen los optimistas. ¡Cuántas vidas ha arruinado esta frase! ¡Cuánto tiempo y esfuerzo dilapidado en perseguir un sueño inalcanzable! Es preferible perder la esperanza y ganar la inteligencia necesaria para saber que es lo que está a nuestro alcance y lo que no. Algunos a esto lo llaman pragmatismo, con cierto tono de desprecio. Seguramente están en lo cierto. Pero si adoptásemos un punto de vista escéptico…, mejor dejemos esto para otra ocasión más apropiada, y centrémonos en el tema que nos ocupa. Daniel estaba sentado a la puerta de la casa de los belgas, con la esperanza de ver a Irene. Por un extremo de la calle apareció el Vivillo montando su bicicleta y al pasar por delante de las Medias tocó el timbre.
-         ¿Qué es ese ruido?- preguntó la medio ciega.
-         ¿Qué dices?-  preguntó la medio sorda.
-         ¿Qué que es ese ruido?- gritó la medio ciega.
-         Es el crío del Pepe, que pasa con la bicicleta.
-         Ah.
El Vivillo llegó a la casa de los belgas, derrapando con la rueda trasera de su bicicleta sobre la calle.
-         ¿Dónde vas con tanta prisa?- dijo Daniel.
-         Aquí- dijo el niño, bajándose de la bicicleta que quedó tirada en medio de la calle. ¿Qué haces?
-         Nada.
-         ¿Quieres jugar conmigo al balón?
-         Bueno.
El niño montó en la bicicleta, salió escopetado y regresó al instante. Al pasar por delante de las Medias, esta vez no tocó el timbre porque tenía las dos manos ocupadas: con una manejaba y en la otra traía el balón. El Vivillo puso unas piedras señalando las porterías. Se colocaron cada uno a un lado de la calle y como estaba en cuesta, Daniel eligió la parte alta, por que así cuando metía gol, el balón corría calle abajo y el niño tenía que ir a buscarlo al final de la pendiente. De esta forma tardaba más y molestaba menos.
     Estaban aplicados al juego cuando llegó Toño, el conejo, con las ovejas. Era un rebaño mediano de ovejas pequeñas, recién esquiladas, con mala pinta, casi todas cojas, unas blancas, otras negras y unas pocas blancas con una mancha negra alrededor del ojo. Toño vestía un mono azul roto por varios sitios y una cazadora verde raída. Calzaba botas de goma. Cuando hablaba mostraba su dentadura. Arriba le faltaban todos los dientes menos los dos paletos y abajo los tenía todos salvo los del medio, por lo que parece que los de arriba encajan en el hueco de los de abajo. De ahí le viene el nombre del conejo. Toño traía un cordero recién nacido. Lo agarraba por las patas delanteras y el cordero colgaba. La oveja venía detrás con el hocico pegado a su hijo y con la lana manchada de la sangre del parto. El Vivillo salió corriendo hacia el pastor y le preguntó:
-         ¿Puedo cogerlo?
-         Bueno, pero ten cuidado- dijo, depositándolo en el suelo.
El niño lo levantó del suelo abrazándolo y caminó unos pasos siguiendo al resto del rebaño, pero como pesaba lo dejó en el suelo otra vez. Entonces sucedió algo curioso. El pastor tenía un perro negro, que no se separaba nunca de él ni del rebaño. La oveja recién parida no perdía de vista al perro. Cuando el perro se acercó demasiado al cordero la oveja lo envistió iniciando una persecución en la que los papeles estaban cambiados, era la oveja la que atacaba al perro. Esta operación se repitió varias veces, cada vez que el perro se acercaba al cordero más de lo que su madre estaba dispuesta a consentir. Al final Toño se cansó de tanta correría, y lanzó unas piedras al perro para que se fuese con el resto del rebaño y lo empujase hacía dentro del corral. Fue una operación lenta, pues las ovejas solo podían entrar de dos en dos, porque en la puerta del corral había un obstáculo que las obligaba a pasar por un canal con desinfectante para curar las patas de las ovejas. Aprovechó Daniel para preguntar a Daniel por un tema de su interés.
-         ¿Hay lobos por aquí
-         No, aquí no hay, pero en Valgrande, que está detrás de aquel monte- dijo Toño, señalando un monte que todavía tenía restos de nieve- el invierno pasado hubo una lobada. A mi amigo Melchor, por nochebuena, los lobos le mataron diez ovejas. Lo malo no son las que matan, lo peor es las que esbaratan. Pero bueno a ese le da igual, que ni sabe las que tiene, se le pierden por el monte y ni se entera.
-         ¡Qué pánico tienen que pasar las ovejas cuando les ataca el lobo!, dijo Daniel para hacerle hablar.
-         ¡Coño claro!, a ellas y a todo bicho viviente, que a las yeguas cuando huelen al lobo se les eriza el pelo, y las ovejas cuando se acercan a un lugar donde ha estado el lobo o hay un animal que han estado comiendo les da miedo y no se arriman.
“Como decía Félix Rodríguez de la Fuente, ¿hasta cuándo va a durar la guerra entre el hombre y el lobo? Ha llegado la hora de firmar la paz. Los ganaderos se quejan, con razón, de los daños que causan los lobos a sus rebaños. Lo que habría que hacer es indemnizarles cuando sufren un ataque de los lobos. En lugar del racanerísmo  y la burocracia de las administraciones, éstas deberían ser más generosas y diligentes. Deberían  pagar los daños de forma inmediata, tanto el valor del animal muerto como el de las pérdidas en la producción por el stress o las lesiones. Si a un ganadero se le pagase al día siguiente diez veces, por poner una cifra un poco a lo grande, el valor del animal y de la producción de todo el rebaño durante un mes, es decir que cada ganadero ganase con cada ataque del lobo, este pasaría de ser un enemigo a ser bienvenido. Si gano dinero cada vez que me atacan, pues que me ataquen cada semana. Pero las administraciones no harán eso nunca, son rácanas a la hora de soltar el dinero al ciudadano, pero diligentes a la hora de sancionar. No hay más que ver los boletines oficiales que están repletos de notificaciones comunicando sanciones. Es el problema de la estructura administrativa. Con la excusa de que hay que controlar el uso que se hace del presupuesto se establecen unos protocolos que realmente para lo que sirven es para que los funcionarios se excusen en ellos y no tengan que pensar, ni tomar decisiones. El que decide, el que actúa,  puede equivocarse y entonces ya está el lío montado. Es más fácil que te digan: cuando es A hay que hacer esto y cuando es B esto otro. Aunque bien pensado, esto es para las decisiones pequeñas porque cuando se trata de cantidades importantes vemos a diario que los controles no existen y así se adjudican los proyectos a los amigos o se hacen mil trapicheos. Pero bueno esto está en boca de todos y no es nada original. ¿Por qué no se da el dinero a los ganaderos que son los que conviven con el lobo? Se gasta mucho dinero en la protección de las especies, pero, ¿realmente tiene efecto? Hay muchas reuniones de expertos, se organizan congresos fantásticos, con especialistas de todo el mundo, que cuestan una pasta, ¿para qué? ¿Cuáles son sus conclusiones?, y sobre todo, ¿sirven para la protección de las especies? Las revistas están repletas de estudios sobre conservación de la biodiversidad, sobre esta o aquella especie, y normalmente concluyen diciendo; “conclusión: debería incentivarse este tipo de estudios para…”, traduciendo lo que quieren decir es: gastaros el dinero en esto que es de lo que nosotros vivimos”.
Estas preocupaciones ocupaban a Daniel después de hablar con Toño, el conejo. Entonces apareció Irene por el portal de su casa y se olvidó del lobo, de la loba y de todo bicho viviente. El Vivillo comprendió que el juego se había terminado y como la oveja y su cordero ya estaban en el interior del corral, se subió a su bicicleta y se despidió a toda velocidad con un “chao pringao, que te coma un bacalao”.
     Daniel e Irene se saludaron con un “hola” y la rubia dijo:
-         Me apetece dar un paseo.
Analícese la frase en profundidad, no gramaticalmente como se hacía en el colegio, con aquello de que las oraciones tienen el sujeto, verbo y predicado y que Daniel nunca llegó a entender bien. A él le gustaban las asignaturas de ciencias y si luego, en la universidad, estudió Historia del arte, fue por una serie de circunstancias que no vienen al caso. La frase es representativa de la personalidad de la chica, no dice: ¿te apetece dar un paseo?, lo que indicaría atención y una cierta preocupación por el prójimo; tampoco dice: “¿damos un paseo?”, que sería algo más neutro. No, no dice nada de eso. Su frase es: ¿Me apetece dar una vuelta?”. Su deseo es dar una vuelta después de pasar el día estudiando y si tiene a alguien que la distraiga y le dé conversación mejor. Pero Daniel no está para esas nimiedades, lo que ve es que la churri está muy buena y si quiere pasear, pues se pasea, y punto.
Al pasar por delante de las Medias dieron las buenas tardes.
-         ¿Quienes son?, preguntó la medio ciega.
-         La Irene, con el chico ese, que trabaja en la Iglesia.- dijo la medio sorda.
-         Ah.
-         ¿Qué han dicho?- preguntó la medio sorda.
-         Que, buenas tardes.
Irene y Daniel se rieron al oír la conversación de las dos viejas. Pasaron junto al caño de la Fuente Vieja. Un grupo de jilgueros volaba entre los cardos que crecían en el borde del camino.
-         ¿Qué tal va el trabajo del retablo?- preguntó Irene.
Daniel le contó que estaban a punto de terminar las tareas de limpieza y que es ahora cuando comenzaba el trabajo más interesante, y bla, bla, bla… Irene le interrumpió.
-         He leído en el periódico, que estrenan una película en tres dimensiones, realizada con un nuevo avance técnico que debe ser impresionante.
Se lo estaba poniendo a huevo.
-         Si te parece bien podemos ir el viernes a la ciudad a verla- dijo Daniel.
-         Me parece bien. Pásame a recoger por casa- dijo Irene, mientras miraba su reloj de muñeca. Mi tiempo de descanso se ha terminado, tengo que volver a casa.
Volvieron rápidamente, sin hablar.
Nosotros como meros espectadores que somos, vemos que la chica estará todo lo buena que quieras, que es brillante, inteligente, responsable, estudiosa, y muchas cosas más, pero también que es una engreída y una egoísta.
Si tuviésemos ocasión, si por casualidad nos encontrásemos con Daniel, le advertiríamos del lío en que se está metiendo y que seguramente va a salir mal parado. Tampoco serviría de nada, pues Daniel no nos escucharía ni se daría por enterado. Los consejos no sirven para nada en estos casos, y si no que se lo pregunten al Che.
Una noche Daniel llamó a su amigo para contarle que había conocido a una chica, que se llama Irene y todas las demás cosas que ya sabemos, el Che dijo:
-         ¡Joder macho!, no me jodas que te has enamorado de esa piva. No tienes remedio, la vas a cagar…
-         ¿Quién te ha dicho que estoy enamorado?
-         Se te nota, según hablas de ella… Primero te lías con aquella sosa,… menos mal que por una vez me hiciste caso y la mandaste a Sebastopol, pero es que ésta va ha pasar de ti o ¿es qué no te das cuenta?...Vamos, lo tengo tan claro como que yo me llamo el Che…
-         Tú no te llamas Che, tu te llamas Jo …
-         Oye tú, no te hagas el gracioso.
Al che no se le puede negar que habla claro. Continuó así:
-         Tú lo que tienes que hacer es buscarte una chica como mi Yeni. Ella va con sus amigas y yo con mis colegas, y cuando nos apetece salimos juntos. Porque la Yeni es una tía cojonuda, y se está con ella de puta madre, que hasta se puede hablar con ella de todo. Y cuando nos apetece, follamos, que hasta para eso es buena, que lo hace como ninguna, la muy…No terminó la frase que esto ya era demasiado hasta para el Che.
-         Menudo ejemplo. Si tú estas colgado de la Yeni- dijo Daniel.
-         Vale, puede que está colgado, pero lo último que haré será que ella se enteré,.. y a ti no se te ocurra decirle nada, porque te corto los güevos.
-         Yo sólo voy a ir al cine con Irene. – dijo Daniel. No es para que me montes éste número.
-         Veremos como termina la cosa- dijo el Che.
Llegó el viernes y Daniel fue a buscar a Irene, tal como habían acordado. Llamó a la puerta de su casa. Irene se asomó por una ventana del piso de arriba y dijo:
-         Espera un momento que ya bajo.
El ya, resultó ser un cuarto de hora. Cuando por fin apareció, Daniel pensó que había merecido la pena esperar. Estaba guapísima.
Irene abrió el portón de la cochera y sacó su auto. Era un coche pequeño, con forma de huevo, de color verde y con un golpe en una aleta. El Che si lo hubiese visto, habría dicho que es el típico coche de mujer: pequeño y con bollo en la puerta. Ya sabíamos que al amigo de Daniel no le va dar un premio el Ministerio de Igualdad. El coche por dentro estaba tan limpio que parecía nuevo.
Irene conduciendo era igual que corriendo, lo hacía con habilidad, suavemente, y muy rápido. En cuanto salieron del pueblo y enfilaron la carretera que era la obsesión del Alcalde, Irene aceleró. Tomaba las curvas a toda velocidad, esquivando los baches y a la vez encendía la radio y seleccionaba el canal.
-¡Qué bien conduces!- dijo Daniel.
- Sí, bueno. Pero no estoy acostumbrada a este coche. Es de mi padre y lo tiene aquí para usarlo cuando viene de vacaciones. A mi me gustan los coches grandes. Yo tengo un 4x4.
Esto pasa por prejuzgar a la gente. La próxima vez que vea al Che, se lo tengo que decir. Así que: “coche pequeño y a paso burra; mujer segura”… Pensó Daniel.
Era viernes por la noche lo que quiere decir que el centro de la ciudad estaba lleno de gente. No había forma de encontrar un sitio donde aparcar el coche. Dieron vueltas y vueltas buscando una plaza libre que estuviese cerca del cine. Daniel propuso que se alejasen un poco del centro, que sería más fácil aparcar y luego ir caminando hasta el cine, pero a Irene no le gustó la idea. Dieron otras dos vueltas hasta que por fin un coche salió delante de ellos dejando su espacio libre. Llegaron al cine en el momento justo en que empezaba la película.
La película era muy buena, espectacular y con unos efectos especiales increíbles, pero Daniel estaba más atento a Irene que a la película. Al salir del cine entraron en un bar a tomar una caña y comer algo. Daniel intentaba ser agradable y parecer ingenioso, pero Irene estaba distante, seria y no muy habladora.
- ¿Qué te ha parecido la película? – pregunto Daniel
- Bien.
- Los efectos especiales son espectaculares.
- Sí.
De ahí no la sacó. Terminadas las cañas, Irene dijo que quería volver a casa porque al día siguiente tenía que levantarse pronto para estudiar.
A la vuelta, ya de noche, Irene conducía más rápido aún que a la ida, adelantando a todos los coches.
En el cruce de la carretera de San Lorenzo estaba la pareja de la Guardia Civil. El sonriente sargento Tejedor les hizo un gesto de saludo con la mano. La guardia Rodríguez sólo los miro, con el gesto serio de siempre.












viernes, 15 de julio de 2011

Las Lagrimas de San Lorenzo (Capítulo VIII)

CAPITULO VIII

Mayo es a un naturalista lo que las rebajas de El Corte Inglés a una pija con tarjeta de crédito. Es el mes más esperado y deseado del año. ¿Porqué a los políticos de este país les habrá entrado la fiebre de decir a cada paso eso de “espero y deseo”? Como íbamos diciendo el mes de mayo es el momento culminante del año, cuando todo bicho viviente anda más ocupado, haciendo nidos, buscando pareja, floreciendo,… Debajo de cada piedra, en cada charco, hasta en las cunetas de las carreteras la vida es desbordante.  Daniel estaba maravillado con el espectáculo que ofrecían los arroyos, los montes, los prados o la chopera de San Lorenzo del Valle. Todas estas son cosas que llaman la atención pero para un naturalista tan importante como los ríos, los árboles o los animales grandes y espectaculares son los pequeños detalles. Un charco, una grieta en la corteza de un árbol o una roca pueden albergar todo un universo en miniatura en el que ocurren sucesos tan extraordinarios como los de la sabana africana con sus grandes animales. Una araña había tejido su tela entre dos hierbas en la mitad del sendero y sobre ella el rocío de la mañana había depositado sus perlas de agua, que brillaban iluminadas por la luz del sol, todavía bajo en el horizonte. Daniel rodeó la tela de araña para no romperla. Un ruiseñor bastardo cantaba entre los sauces del río. Dos lagartos corrieron a esconderse entre unas piedras mientras el macho de la lagartija colirroja con sus garganta colorada mostraba a todo el mundo y especialmente a su compañera que la época del celo había llegado; tan arrogante, tan confiado, podría decirse que tan chulo, que no huía, todo lo contrario, circulaba entre los pies de Daniel sin esconderse, hasta tal punto que Daniel acercó su mano a unos centímetros casi tocándolo.
         En la pared de un huerto otra lagartija con la cola cortada se calentaba al sol. En el río Ranillas una pareja de patos alzó el vuelo. Un poco más adelante un ruiseñor salió de entre las ramas de un majuelo, moviendo su cola rojiza arriba y abajo.  Fue a posarse en una rama cercana. El majuelo, o espinero como dicen por aquí no podía tener más flores. Esa primavera era espectacular, la hierba de las orillas del río llegaba a Daniel bastante por encima de sus rodillas. La temperatura era perfecta, el agua del río saltaba entre las piedras y los pájaros cantaban. Mientras andaba ocupado en estas cursilerías, el ruiseñor se puso a cantar, al principio sin mucha convicción y luego con más ganas, para finalmente volver al espinero de donde había salido. “Debe tener el nido por aquí”, pensó, pero aunque lo buscó no lo encontró; “estará oculto entre la maraña de ramas”. Tampoco lo buscó con mucho ahínco. A Daniel no le gusta molestar a los pájaros en su nido, es como violar su intimidad. En el río saltaban pocas ranas a su paso.” Es cada vez más preocupante el declive de los anfibios. ¿Cuál será la causa? Hay muchas teorías pero realmente parece que no está claro. Pueden ser las enfermedades, el cambio climático, la contaminación… Posiblemente todas ellas tengan su influencia en la disminución y en algunos casos desaparición de las poblaciones de anfibios, pero debería investigarse más sobre este problema”. Daniel pensaba que ese sí que es un problema del que deberían ocuparse los científicos y no algunas de las chorradas en las que emplean el tiempo y el dinero.
         Eran tantas las cosas que ver en el campo que la mañana se le pasó sin darse cuenta. Al acercarse al pueblo escuchó como repiqueteaban las campanas de la torre tocando a pregón. A continuación se escuchó la voz de Samu el teniente alcalde que decía: “Atención, atención… hoy a la salida de misa, osease a la una del mediodía, habrá un mitin en el salón del Ayuntamiento con la participación del señor Alcalde y una Diputada regional. Atención, Atención…” y repetía el mismo comunicado. Daniel pensó que “ya tenemos jaleo” pues el domingo pasado Pedrito el catalán quiso hacer su mitin de campaña electoral y no le dejaron el local del Ayuntamiento ni le dieron el pregón. Cuando, enfadado, fue a pedir explicaciones le dieron como excusa que como el día antes había sido la boda de Barbarita, la hija del Alcalde no era cosa, de andar despertando al personal con el toque de campanas y el pregón. Pedrito no tuvo más remedio que dar el mitin en el bar de Pepe.
         Camino de la casa de los belgas Daniel se encontró con Porfirio. Pensó en evitarlo pero estaba muy cerca, y se habría notado mucho. El Alcalde lo abordó.
-         ¡Hombre, Daniel! A ti quería verte.
“La hemos fastidiao”, pensó Daniel.
-         Vamos a dar un mitin en el Ayuntamiento. Viene una Diputada que está en la comisión de Patrimonio. A ti seguro que te interesa. Espero verte. Y se fue sin decir adiós.
“¡Que bruto es! ¿De dónde saca que a mi me tenga que interesar algo de lo que pueda decir una tipa que lo mismo está hoy en la comisión de Conservación del Patrimonio que mañana está en la de agricultura y seguro que no sabe ni de lo uno ni de lo otro? Y además es que me importa un rábano”.
Como Daniel no quería ponerse a mal con Porfirio, fue al mitin. Estaba reunida la mitad del pueblo, o sea los de la cuerda de Porfirio, que básicamente son la gente que vive del campo, los pastores y agricultores jubilados, es decir casi todos y faltaban los del bar, el panadero, los belgas y los jubilados que habían pasado su vida fuera del pueblo. En la primera fila estaban sentadas Olivia la mujer del Alcalde y Barbarita su hija, recién llegada del viaje de novios.
La Diputada llegó con una hora de retraso. Venía de dar un mitin en otro pueblo y  cuando terminase en San Lorenzo, tenía una comida con los alcaldes de la zona, a la que por supuesto solo acudirían los alcaldes de su mismo partido. Se lleva por aquí el considerar a los rivales políticos como enemigos, y hay que actuar en consecuencia.
La Diputada es una mujer de edad indefinida, pero muy definida en cuanto a su talante, carácter y formas. Es una gilipollas total y más bruta, por lo que se deduce de sus gestos y expresiones, que Toño el conejo en sus días más renegones; ¡que ya es decir! A Daniel le cayó mal desde el primer momento.
Repartieron entre los asistentes un folleto con el programa electoral que por supuesto nadie miró. Comenzó hablando el Alcalde y empezó bien, con moderación, educado, dando las gracias a los asistentes y especialmente a Carmen, la Diputada, por la “diferencia” que había tenido para con ellos, por acudir a su modesta villa. “Que una persona de tú categoría venga a San Lorenzo es para nosotros un gran honor. Ahora es cuando se ve claro como el agua como nuestro partido se ocupa de todo el mundo, incluso de los pequeños pueblo, y no como otros”. De lo que pensaba hacer si salía reelegido como Alcalde no dijo nada, salvo lo del arreglo de la carretera que es su tema preferido. Dijo que: “si salgo Alcalde en las próximas elecciones, como que me llamo Porfirio Portanovis Portanovis, la carretera se arregla”, que es lo mismo que había dicho en las elecciones anteriores.
         El resto del tiempo lo empleó en meterse con su rival, Pedrito el catalán:” Es lo que nos faltaba, que alguien de fuera, ¡un forastero!, venga a decirnos a nosotros lo que tenemos que hacer, como si nosotros fuésemos tontos, unos ignorantes, unos analfabetos que no saben donde tienen la mano derecha y donde la izquierda. Bien que sabemos donde está la derecha y la izquierda, y también sabemos como llevar nuestros asuntos. ¿Pero qué se piensa? El que haya vivido en una ciudad no le da derecho a creerse más que nosotros. ¡Hasta ahí podíamos llegar! A mi todos me conocéis, sabéis como soy, y que yo me preocupo por vosotros y por el pueblo”.  Para terminar cedió la palabra a Carmen, la Diputada, que durante todo el tiempo que duró el parlamento de su correligionario, no dejó ni un solo momento de mirar al suelo con cara de importarle todo un comino. La única vez que levantó la cabeza fue para mirar su reloj.
         Si el Alcalde empleó casi todo su tiempo en meterse con Pedrito, lo de la Diputada fue aún peor. Habló, pero no dijo nada. Comenzó con eso de que “nuestra región necesita un cambio y  ha llegado la hora en que vamos a dar un paso al frente para ponernos a la cabeza de las regiones de España, ¡cómo de España!, de Europa”. Daniel pensó que si ya llevaban gobernando un porrón de años porqué no lo han hecho ya, porqué han estado esperando a esta legislatura, que por fin va a ser la buena. “Menos mal que no se lo cree nadie.”
         La Diputada continuó con una serie de esas frases grandilocuentes que carecen de contenido, del tipo:” el futuro está en nuestra manos, ahora podemos lograr lo que siempre hemos deseado, vamos a dejar una tierra mejor, más próspera, y más feliz a nuestros hijos”.
 “¿De qué futuro habla? ¿Qué es lo que hemos deseado? ¿Qué es lo que vamos a dejar a nuestros hijos, si no sabe lo que hay que hacer ahora?”. Esto es lo que pensaba Daniel mientras la mujer seguía con su discurso, que por desgracia para los asistentes, parecía que no se terminaba nunca. Al cabo empezó a meterse con el partido de la oposición. Si ganasen ellos sería la hecatombe, nos llevarían al desastre, al caos. “¡Ya está bien!- decía la mitinera- no podemos tolerar que continúen con su política, que solo interesa a unos pocos, a sus amigos, mientras que nosotros, como bien sabéis, somos el partido de todos, el partido de la gente normal, de la gente decente, el partido de los trabajadores. Por eso os pido que en las próximas elecciones, votéis por el Partido….”, para entonces ya todo el mundo dormitaba, Samu hasta roncaba, y estaban deseando salir a la calle a disfrutar del sol de mayo.
Por fin terminó el mitin, los de la primera fila aplaudieron  y  los demás se levantaron de los asientos y pusieron pies en polvorosa.
Porfirio hizo un gesto a Daniel para que se acercase al estrado. Le presentó a Carmen, la Diputada diciendo:
-         Carmen, te presento a Daniel, es el que nos está restaurando el retablo de San Lorenzo.
-         Muy bien, muy bien- dijo ella, mientras buscaba en su bolso el móvil que había empezado a sonar.
-         Encantado- dijo Daniel, ofreciendo su mano.
La Diputada con una mano mantenía su teléfono pegado a la oreja y extendía la otra a Daniel, con desgana. Era una mano blanda que Daniel apretó. Acto seguido la mujer recogió su bolso y parloteando por el móvil se dirigió hacia la salida. El Alcalde corría tras ella. El sprint lo ganó la mujer. Llegó a la meta del auto que la esperaba en la calle, con tres cuerpos de ventaja sobre su inmediato perseguidor,… pero, en el último momento, un sujeto se interpuso en su camino cerrándole el paso. Era Aristóteles, el Mariscal. Se dice que siempre hay un tonto en cada pueblo. En San Lorenzo del Valle éste papel lo desempeña, y a decir de todos sobradamente, el Mariscal.
Cuando Carmen, la Diputada, vio aquella figura, vestida con un pantalón de pana remendado, un chaleco de cazador, de esos que tienen muchos bolsillos, sobre una camisa sucia y desteñida por el mucho uso y calado hasta las cejas con una visera quemada por el sol, se llevó un susto de muerte. Y fue todavía peor, cuando un perro sarnoso, tuerto y rabón le lamió los pies. Porfirio, el Alcalde, acudió a su rescate: “no se preocupe es inofensivo”. Carmen no sabía si se refería al individuo o al perro.
“Soy Aristóteles Leonardo, el hijo de Eulogio, que en paz descanse, y único y legítimo heredero del Mariscal Junot. Doña Carmen, le he escrito varias veces, que yo a usted la conozco aunque usted a mi no, contándole mi caso, porque como sabrá o no sabrá, como heredero que soy del Mariscal Junot, reclamo mis derechos y posesiones que me han sido arrebatadas injustamente, penosamente y alevosamente. Y como tengo derecho lo reclamo, y no voy a parar hasta que me los reconozcan y si no me los reconocieran o reconociesen, devolvieran o devolviesen, por lo menos me den una pensión de acuerdo a mi rango y condición. Que yo me sé que hay  muchos Diputados y Ministros que cobran una pensión vitalicia y muy pero que muy grande sin tener ningún mérito, y sin en cambio yo que ostento y regento el título de Mariscal, me ningunean y no me quieren dar nada, que tengo que vivir con una pensión de 374 euros, y usted que es una diputada de las importantes y es mujer de mundo y estudiada y sabe lo cara que está la vida, y lo que cuesta el pan, los garbanzos, la leche y el teléfono, comprenderá que yo no puedo vivir con ese dinero, y menos mal que tengo el huerto, que aunque usted no lo sepa yo trabajo mucho, y he trabajado desde pequeño que por eso tengo una enfermedad en el corazón, que me han dicho los médicos,… mi médico es el doctor Montes, que es uno de los mejores especialistas que hay,… y como le decía, me ha dicho que es un milagro que esté todavía vivo teniendo el corazón como lo tengo. Y yo tengo mucha necesidad, porque como sabrá o no sabrá, las medicinas son muy caras y aunque las pague la seguridad social hay otras cosas que por mi enfermedad y mi situación tengo que comprar yo, que cada vez que llamo al hospital para pedir cita con el doctor Montes me cuesta un dineral. Y usted que es una Diputada importante, comprenderá o no comprenderá, que no se puede dejar morir de hambre a un Mariscal, que eso estaría muy feo y muy mal visto por todo el mundo, ¿qué dirían los franceses si el único y legítimo heredero del Mariscal Junot muriese en la indigencia o la indiferencia o como se diga? Mi padre Eulogio que en paz descanse, era un hombre con inquietudes y quería que yo fuese un gran sabio y por eso me puso de nombre Aristóteles Leonardo, pero yo no pude estudiar porque mi padre enfermó cuando yo tenía quince años y eso usted no tiene porque saberlo y por eso yo se lo digo para que lo sepa y lo tenga en cuenta…”
Porque intervino Porfirio, el Alcalde, para interrumpir la perorata del Mariscal que de lo contrario todavía estábamos allí.
La Diputada se quedó con cara de pasmarote, estaba meridianamente claro que le repelía el personaje y su perro. Seguro que pensaba: “esto de las campañas electorales es un coñazo y yo ya no estoy para estas cosas”. La Diputada, acostumbrada a pisar las moquetas y a viajar en coches oficiales, nunca podrá entender nada de lo que pueda ver u oír en estos encuentros con la gente. Son dos mundos, dos galaxias separadas millones de kilómetros. La Diputada no tuvo oportunidad de responder al Mariscal, porque Porfirio salió a su rescate y es mejor así. ¿Qué puede responder si el Mariscal le ha ganado con sus mismas armas? ¿Acaso en el mitin, no se hartó de fabular, de decir frases sin sentido, sobre todo sin sentido común?  Si la Diputada normalmente responde a las peticiones de los ciudadanos con promesas del tipo: “estamos trabajando en el asunto”, “los recursos son limitados y no podemos hacer todo lo que nosotros quisiéramos”, ¿qué puede contestar a alguien que le plantea un imposible?
Carmen por fin montó en el coche y se fue, y todo el mundo se quedó tan a gusto, al sol de la mañana de mayo.
El domingo siguiente, día de las elecciones amaneció lluvioso. La jornada trascurrió entre paraguas y con algunos incidentes provocados por la cabezonería y la falta de seso de Porfirio. Es cierto que hace las cosas sin malicia, pero hay veces que se pasa tres pueblos. A primera hora de la mañana reunió a toda la familia en su casa, incluida la suegra, las cuñadas y las sobrinas. Ahora correspondía a las mujeres de la familia cumplir con su parte del trato, que él ya cumplió el día de la boda de Barbarita. Porfirio tenía las papeletas preparadas, metidas en sus sobres convenientemente cerrados y dispuestas para repartir entre sus familiares. A las nueve en punto, salieron todos juntos de casa en dirección al Ayuntamiento, Porfirio se situó junto a la mesa electoral y comprobó como cada uno entregaba su sobre. Hasta Samu que compartía candidatura con él, le llamó la atención:
-         Pero hombre ¿cómo se te ocurre hacer esto?, hay que guardar un poco las formas. No puedes presentarte aquí controlando el voto de toda tu familia, eso no está bien.
-         No me vengas con esas. Yo he cumplido con mi parte del trato, que buen disgusto me he llevado, así que ahora le toca cumplir a ellas, y no hay más que hablar.
Samuel conoce lo suficiente a Porfirio como para saber que en estos casos es mejor no insistir.
El resto del día Porfirio lo pasó a la puerta del Ayuntamiento anotando en un cuaderno quien acudía a votar y quien no. No paraba de llover, parecía un día de invierno más que de primavera. Alertado por Marisa, Pedrito el Catalán fue al Ayuntamiento para ver que tramaba Porfirio. El espectáculo que daban era lamentable. Los que acudían a votar se encontraban con los dos candidatos sentados a la puerta del colegio electoral, uno con un cuaderno entre las manos anotando algo cada vez que entraba alguien y el otro vigilando a su contrincante. A falta de una hora para el cierre del colegio, Porfirio se levantó de su asiento, estiró las piernas, guardó su cuaderno en el bolsillo de la chaqueta y se subió al coche. Desconfiaba Pedrito de las intenciones de Porfirio, así que decidió continuar la vigilancia desde el bar de Pepe tomándose un café bien caliente para entrar en calor, que la tarde estaba poniéndose fría y desapacible. No había terminado de servir el café Marisa, cuando vieron por la ventana del bar llegar a Porfirio, pero  no venía solo, lo acompañaba un ex senador, un viejo tan viejo que hacía años que no salía a la calle.  Porfirio le ayudó a descender del coche, y con paso tambaleante y apoyándose en el hombro del Alcalde, el viejo consiguió recorrer el camino entre el coche y el Ayuntamiento. Al poco rato salieron, subieron al coche como pudieron y se fueron. El cabreo de Pedrito el catalán era monumental, las maniobras de Porfirio eran escandalosas, intolerables, caciquiles y antidemocráticas. Salió corriendo detrás del coche, derramando el café sobre la barra y atropellando al Vivillo que en esos momentos entraba por la puerta. Ya en la calle, se puso a perseguir al coche, la lluvia en esos momentos arreciaba y al llegar al otro extremo de la plaza ya estaba empapado. De todas formas no tuvo que correr mucho, porque enseguida localizó el coche de Porfirio a la puerta de las Medias. Se refugió debajo de un balcón y esperó a que el Alcalde saliese. No tardó mucho en salir acompañado por las dos Medias a las que tapaba con un paraguas. Pedrito salió de su escondite, gritando:
-         ¡Sinvergüenza! ¡Eres un sinvergüenza! ¿No te da vergüenza sacar a la gente de su casa para que vayan a votarte?
-         ¿Qué pasa? ¿qué gritos son esos?- preguntó la medio ciega.
-         Tranquilas no pasa nada- respondió Porfirio.
-         ¿Cómo que no pasa nada?- replicó Pedrito.
-         Métete en tus asuntos, ¡payaso! ¿Qué hay de malo en que ayude a la gente mayor a ir al Ayuntamiento, con la que está cayendo?
A continuación se dijeron de todo, se acordaron de sus respectivas madres, se insultaron, se empujaron y no llegaron a las manos porque al oír los gritos se presentaron varios vecinos entre ellos Daniel y Alcocer y los separaron.
         La trifulca tuvo como resultado que las medias se asustasen con el alboroto y decidiesen quedarse en casa, y que acudiese la pareja de la Guardia Civil a restablecer la paz. El Sargento Tejedor, llamó al orden a los dos candidatos, les dijo que si no les daba vergüenza comportarse de esa forma, como niños pequeños, y que ya estaba harto de tanta tontería.
-         De todos los pueblos que llevamos, San Lorenzo es el único que causa problemas, ya va siendo hora de que empecéis a comportaros como hombres y no como niños. Ahora quiero que cada uno se vaya a su casa y se quede allí, sin armar jaleo, hasta que terminen las votaciones.
De todas formas anunció que durante el escrutinio estarían presentes, él y la Guardia Rodríguez para prevenir altercados.
         La jornada terminó sin más incidentes, con los candidatos encerrados en sus casas esperando el veredicto. Al terminar el recuento de las papeletas,  la secretaria anunció el resultado: “cuarenta votos para la candidatura de Pedrito y cuarenta y uno para la de Porfirio”.