Iniciamos una serie de artículos con el diario de Viaje a Guatemala







jueves, 5 de julio de 2012

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo XX)


CAPITULO XX

Que en un pequeño pueblo de Castilla, el cura hubiese asesinado al panadero era una bomba informativa. La noticia saltó de las páginas interiores de los periódicos a las portadas, acaparando incluso más espacio que el último rifirrafe entre el gobierno y la oposición, en la sesión de control parlamentario.
En esta ocasión a la periodista del culo gordo la acompañaron otros muchos más. Las cadenas de televisión y radios enviaron unidades móviles para hacer conexiones en directo durante todo el día.
Los habitantes de San Lorenzo del Valle se refugiaron en casa, cerraron puertas y ventanas y se prepararon para resistir el asedio.
Toño, el Conejo, no tenía más remedio que salir si quería que las ovejas pastasen ese día en el monte. Al pasar por la calle de las eras con su rebaño fue asaltado por un enjambre de periodistas. Toño pudo comprobar que los de las avispas son menos peligrosos que los de los periodistas. Las ovejas asustadas por la jauría empezaron a correr y el perro negro de Toño mordió a un cámara en una pierna. Gracias a Dios el perro no hizo carne y la cosa se saldó con un descosido en la pernera del pantalón del reportero.
Hemos llegado a la conclusión, que San Lorenzo del Valle y la prensa no tienen suerte en sus relaciones. Los periodistas acudieron a la casa de Ovidio en un último intento, para obtener algo de información, alguna imagen que sacar en el noticiario de las tres, pero allí tampoco tuvieron éxito. La casa estaba cerrada a cal y canto. Tal era su desesperación que abordaron a Daniel cuando caminaba hacia la iglesia. Intentó evitarlos cambiando de calle para entrar por la puerta de la sacristía, pero algunos lo persiguieron, terminando todos en una carrera ridícula. El Che le llamó esa noche para decirle que le había visto en televisión corriendo como si fuese un delincuente.
Tanto desencuentro con los periodistas tuvo algo positivo y es que, desengañados, abandonaron San Lorenzo y trasladaron sus equipos móviles a la ciudad a la búsqueda de declaraciones del Gobernador Civil o del señor Obispo y no volvieron a molestar a los vecinos del pueblo.
Al día siguiente regresó la Nico acompañada por uno de sus hijos y por la tarde llegaron los otros tres. Lo que pasó en esa casa no lo sabemos, que ninguno contó nada de lo hablado, discutido o acordado durante esas horas. Lo único que podemos contar y eso porque Pepe, el del bar estaba presente, es que a la mañana siguiente se presentó en el bar, Cosmín ,el hijo mayor de Ovidio para desayunar antes de emprender el viaje de retorno a su casa. Estaba Cosmín mojando la magdalena en el café cuando entró en el bar uno de los senadores, a por su ración diaria de aguardiente.
-         Buenos días Cosme- dijo el Senador.
Aunque todo el mundo lo conoce por Cosmín, lo llamó por su verdadero nombre porque sabía que al hijo de la Nico no le gustaba el diminutivo. Lo dejó bien claro, siendo todavía un crío, un día en las fiestas del pueblo cuando se pegó con otro chico de un pueblo vecino porque lo llamó Cosmín. Repitió la operación durante los siguientes meses con todo aquel que se atrevía a emplear el apodo. A todos zurró la badana a pesar de su pequeño tamaño, que de ahí viene lo de Cosmín. El niño al nacer pesó siete kilos y era tan grande como un ternero pero en eso se quedó, que una vez que salió del vientre de su madre, le dio por no comer y se fue quedando canijo y raquítico.
-         Buenos días- contestó Cosme.
-         ¿Cómo llevas lo de la muerte de tu padre?- preguntó el senador.
Pepe el del bar, pensó que se iba a liar. Se equivocó. Cosme, el mismo que de niño al ser preguntado por a quién se parecía más si a su padre o a su madre, respondía que al panadero, el mismo que se pegaba con los muchachos en las fiestas, contestó al senador tranquilamente de la siguiente manera:
-         Una cosa te digo y que te quede bien claro. Yo seré hijo de Justo el panadero, pero mi padre es Ovidio.
Pagó el desayuno y se fue.
Pasaron varios días sin novedad. Septiembre estaba a punto de terminar y el trabajo de Daniel en San Lorenzo también. Vagabundeaba por el campo como todas las mañana de domingo cuando se encontró con Ovidio en la viña.
-         ¿Qué haces?- dijo Daniel.
-         Estoy colocando estos trastes para espantar a los pájaros y que no se coman la poca uva que hay.
La viña parecía un carnaval. Ovidio tendía cuerdas entre unos postes de madera clavados en el suelo. De las cuerdas colgaban todo tipo de objetos, botellas de plástico, cedés, trapos, todo aquello que fuese viejo y de muchos colores le servía.
     Ovidio se sentó en una piedra. Llevaba una bolsa de la que sacó una hogaza de pan.
-         ¿Quieres?- ofreció a Daniel.
-         Bueno.
El menú se componía de jamón, chorizo y queso. Daniel partió una rebanada de pan y sobre él extendió un trozo de jamón. Comieron en silencio. De vez en cuando bebían un trago de la botella de vino. El vino casero, fabricado por Ovidio, era ácido, turbio y de un color indefinido, ni tinto ni blanco. Al cabo de un rato Daniel preguntó:
-         ¿Por qué no dijiste que tú no habías sido?
-         Porque si no llega a adelantarse Don Simón yo lo habría matado. Deseaba su muerte y estaba decidido a hacerlo. Soy inocente de la ejecución pero culpable de la intención. Según las leyes no merezco castigo, pero para mi y para mi conciencia…
Ovidio empezó a llorar, entre sollozos fue capaz de decir:
-         Nunca perdonaré a Don Simón. El no tenía derecho a matarlo, era yo quien tenía que hacerlo.
¿Por qué llora Ovidio?, ¿Por qué no se declaró inocente?
A Ovidio no le faltan motivos para llorar. Su mujer le ha sido infiel durante toda la vida, y ahora ha descubierto que no con un solo hombre como creía sino con dos a la vez. Ni en los culebrones se ven cosas así. Una vez más comprobamos que la realidad supera a la ficción. Sus hijos no son suyos, que son fruto de la infidelidad de su mujer. Y para colmo de males cuando llegó el momento de hacer justicia otro se le adelantó, arrebatándole su derecho.
¿Qué hubiésemos hecho nosotros en la situación de Ovidio? La pregunta es difícil. Aquellos que lo creen tener muy claro, son o peligrosos o unos estúpidos, y el que se de por aludido allá él.
Pensando como un espectador y desapasionadamente la respuesta fácil y lógica es: te divorcias y punto. Pero esta solución tan razonable tiene un problema y es que se olvida de los sentimientos, de las pasiones. Es este componente el que hace que la cosa no sea tan sencilla. Habrá muchos que tampoco estén de acuerdo con esa solución por otros motivos. Los creyentes de varias religiones la rechazarán, unos dirán que hay que aguantar y confiar en que Dios nos dará fuerzas para continuar y que ante tales sacrificios recibiremos nuestro justo premio, que no sabemos muy bien en qué consiste. Otros, más fanáticos, aplicarán esa justicia consistente en el castigo y por eso lapidarán a los adúlteros. En estos casos la barbarie vence a la civilización y es lógico que se luche contra esas prácticas salvajes que acaban con la dignidad de las personas y los derechos humanos.
No son los únicos que piensan que la muerte de los adúlteros es la solución. Vemos en las noticias como los maridos matan a sus esposas por cosas como ésta. Ovidio optó por matar al amante de su mujer y en eso mismo pensó Don simón. Ambos son concientes que eso es un crimen o un pecado, que nos destruye, que nos rebaja a la condición de animales. Y esta es la causa por la que Ovidio llora. No es tanto por las penalidades o el engaño, es porque al matar estamos abandonando nuestros valores y nuestras creencias, nos perdemos a nosotros mismos. Si ya no somos nosotros entonces no somos nada. Por eso muchos se suicidan después de cometer el crimen y no antes como sería lo lógico. ¿Cuántas veces hemos oído eso de que: Por qué no se suicidó antes de matar a su mujer?”. Por eso mismo, porque antes de cometer el crimen todavía era Yo, pero una vez que la mató puede que recuperase la honra pero se perdió a sí mismo. Perdió sus valores y su humanidad.
Hay que erradicar este tipo de crímenes y para ello hay que borrar de la sociedad conceptos como la” honra” y la restauración del honor perdido, hay que acabar con las bromas y los chistes de cuernos y cosas así y hay que meter en la cabeza de todos que la infidelidad es un problema del que la practica y no del que la padece. La Nico es por naturaleza infiel, puede que de joven estuviese enamorada de Justo, que fuese el amor de su vida, pero su infidelidad no tiene nada que ver con el amor. Ella es infiel como otros son tímidos o extrovertidos, habladores o reservados, generosos o avaros.
Ovidio no llora por eso. Llora porque deseó la muerte de Justo y a punto estuvo de matarlo. Eso va contra su moral y sus principios, y nada tiene que ver con la religión o cosas así. Es culpable de desear la muerte de alguien, por eso se dejó detener y por eso no dijo nada cuando estaba preso. Para su conciencia es culpable. Habrá quien no lo entienda. Pues claro. No es posible comprender los pensamientos de lo demás. Cada uno de nosotros tenemos nuestra forma de pensar y de actuar, que no tiene porque coincidir con la de nadie más. Y esto si que es una perogrullada que muchos no llegan a comprender en toda su vida.
Para poner orden entre tanto caos el hombre se ha servido de una herramienta que es la base de la convivencia: la ley. Podríamos pensar que la ley es el elemento que emplea el Poder para limitar nuestras posibilidades de pensamiento o de acción, pero es al contrario es la base de la libertad. Porque la Ley es más que las leyes, y hay que saber distinguir una de otra. Eso sí ojo con eso de que “la ley o el caos” que algunos emplean, precisamente, para destruir la libertad. Nosotros pensamos que la libertad es como la energía que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Algunos quieren “mucha” libertad, quitándosela a los demás y eso lo hemos visto muchas veces a lo largo de la historia con el nombre de dictadura. Dios nos libre de ellos, o mejor aún, las leyes nos libren de ellos.







miércoles, 6 de junio de 2012

Las lagrimas de San Lorenzo (Capítulo XIX)

CAPITULO XIX

Por la Virgen de agosto los campos adquirieron el color ocre y amarillento de los pastos secos. Seguía haciendo mucho calor. Los desmemoriados decían que “nunca habían visto un verano con tanto calor”, sentencia que con seguridad pronunciaron el año pasado y dirán el próximo. El río dejó de merecer tal nombre. Quedaron unos charcos de un agua oscura y turbia. Algunas fuentes se secaron y otras casi no manaban.
         Los veraneantes iniciaron el retorno a sus casas. San Lorenzo del Valle este año se había portado bien. El asesinato de Justo el panadero y su repercusión mediática proporcionó un extra de entretenimiento con el que no contaban. Ya sea por el morbo del acontecimiento, por la publicidad gratis ofrecida por la prensa, o porque con la crisis económica algunos decidieron pasar las vacaciones en el pueblo que es más barato que ir a un hotel a Benidorm, el caso es que las fiestas estuvieron muy concurridas. “Este año hay mucha gente, ¡como hacía muchos años!”, era el comentario general, y esta vez  como todo el mundo estaba de acuerdo, nos lo creemos.
         Los veraneantes llegan al pueblo ligeros de equipaje, pero cuando se marchan llevan los coches cargados a tope.  Llevan patatas, tomates, huevos, chorizo, salchichón, dulces, queso, vino, de todo. “Como lo casero no hay nada”, “¿dónde encuentras un tomate que se parezca a los de casa?”, “los de la oficina me han encargado cuatro quesos”. Y así uno tras otro hará acopio de los productos de la tierra.
         Daniel desde la fiesta no tenía ánimo para nada. Fíjense como estaría que ni ganas de salir al campo tenía. Se refugió en el trabajo. Le mantenía ocupado y distraído. Al finalizar la jornada sus compañeros se marchaban y el se quedaba con la excusa de que iban con retraso. El verdadero motivo era que mientras trabajaba se olvidaba de sus penas. A sus compañeros es evidente que no le gustaba la actitud de Daniel, pero tampoco decían nada.
         Un día al volver del trabajo se encontró con Irene en la casa de los belgas. La belga le hizo un gesto para que se acercase.
-         Ha venido a despedirse- dijo.
Daniel miró a Irene, y esta le confirmó el dato.
-         Me voy mañana. Ha salido la fecha del examen, es dentro de tres semanas.
Daniel desde el día de la fiesta no había vuelto a hablar con ella.
-         Buena suerte- le deseó Daniel.
Se sentó en una silla junto a Maria, la belga. No tenía ningún interés en hablar con Irene y si no se ausentó inmediatamente fue por no hacer un feo a los belgas.
Mantuvieron un parloteo intrascendente, de esos en que se repiten las mismas cosas una y otra vez y que no merece la pena ser reproducido. Daniel no abrió la boca. Cuando le pareció que llevaba sentado el tiempo suficiente para no parecer descortés, se excusó diciendo:
-         Perdonar que os deje pero tengo cosas que hacer.
Se levantó, Irene hizo lo mismo y se dieron besos en las mejillas. Daniel repitió:
-         Suerte en los exámenes.
-         Gracias- contestó Irene.
Daniel se quedó quieto esperando algo más pero como no se producía, dio media vuelta y se fue. De camino a su cuarto pensaba, “Esta tía debe tener un trastorno bipolar, doble personalidad, o como se llame. Hay días que no calla, te cuenta confidencias que parece que somos amigos de toda la vida y a la vez siguiente está más seca que las hierba agostadas. ¡Hay que joderse! Durante meses nos hemos visto casi a diario, hemos pasado un montón de horas juntos y cuando nos despedimos para no vernos nunca más, no se le ocurre otra cosa que decir más que “gracias”.¡Que esté sufriendo por esta tía!,¡ hay que estar tonto. Me fastidia pero una vez más le voy a tener que dar la razón al Che”.
Cuando le contó al Che sus tribulaciones su amigo puso el grito en el cielo. Los calificativos que empleó para aludir a Irene, fueron muchos pero ninguno favorable. El mas repetido era “puta”. La conversación telefónica fue larga. Daniel algunas veces tenía que retirar el auricular del oído para no quedarse sordo con los gritos que pegaba el Che.
-         Esa tía es una puta. O sea que en todo este tiempo no es capaz de decirte que tiene novio. ¿Nunca habla de su novio? Explícamelo porque no lo entiendo.
-         Yo tampoco- dijo Daniel.
-         Bueno es que lo tuyo tampoco tiene nombre. ¡Mira que te avisé!, pero a ti te da igual. Te tiene embobado y no eres capaz de darte cuenta de nada. Eres un caso sin remedio.
El Che tiene razón y Daniel lo sabe. Ha hecho el primo. Su amigo continuaba.
-         Ahora, también te digo una cosa. Tu eres un pringao pero es que lo de ella no tiene nombre. Es tan bruja, tan mala, tan hija de puta que resulta hasta difícil de creer.
El Che seguía y seguía. Al cabo de media hora, preguntó, un poco más calmado.
-         ¿No estarás jodido? Porque entonces ya es para darte de hostias.
-         Un poco- dijo Daniel.
-         Lo que me faltaba- dijo el Che, comenzando a gritar otra vez y obligando a Daniel a retirar el teléfono. ¿Qué voy ha hacer contigo? Olvídate de esa zorra, ya mismo. Como me entere que andas penando por esa puta, voy para allá y te doy de ostias hasta que no te reconozca ni tu madre.
El Che tiene una forma de hablar poco recomendable. Pero es un buen amigo. A Daniel  le provocó dolor de cabeza con sus gritos pero también le hizo reaccionar.  “He metido la pata y me he dejado tomar el pelo, pero lo que no puedo hacer es estar como alma en pena. Hay que pasar página”. Sabemos por propia experiencia que estos propósitos son fáciles de hacer pero difíciles de cumplir. Es imposible olvidarse de la noche a la mañana de alguien y eso que Daniel tiene algo que se lo pone más fácil, Irene se va y así es más fácil olvidar.
Irene se fue un sábado y casi todos los veraneantes se fueron un domingo. En el pueblo quedaron los de siempre más Daniel.  El lunes llegó el viento del sur, lo que hizo subir otra vez la temperatura del termómetro. Eran las condiciones ideales para la propagación del fuego y el martes se  inició. Evidentemente no es casualidad. Al menos sabemos que no lo ha provocado alguno de los veraneantes, porque ya se han ido. La guardia Rodríguez dijo que el incendio era provocado. Comenzó junto a la carretera a media tarde cuando el calor era más intenso y el viento soplaba con más fuerza. El pirómano sabía lo que hacia. Eligió bien su objetivo; el monte de pinos de repoblación. Desde la torre de vigilancia contra incendios dieron el aviso inmediatamente, y a los pocos minutos llegó el primer coche de bomberos, pero ya no pudieron controlar el fuego. Fueron llegando más camiones de bomberos, Guardia Civil y forestales. El despliegue de medios era impresionante. Establecieron un puente de mando desde el que controlaban las maniobras de los helicópteros y de los aviones. Los helicópteros cargaban agua en cualquier lugar, en el río, en las piscinas; parece mentira que puedan maniobrar en espacios tan reducidos. Los pilotos tienen que ser muy hábiles.
Por la noche los medios aéreos abandonaron el trabajo. En la oscuridad el incendio daba más miedo. Si durante el día lo más llamativo era la columna de humo, por la noche era la luz que desprendía el incendio. Cada vez se acercaba más al pueblo. Los vecinos, asustados, no se fueron a dormir, se concentraron  a las afueras del pueblo para observar el fuego.  El Sargento Tejedor habló con Porfirio, el Alcalde; le dijo que estuviesen preparados por si había que evacuar el pueblo. Por segunda vez en menos de un mes San Lorenzo del Valle era protagonista en las noticias. Volvió otra vez la periodista del culo gordo, pero en esta ocasión la gente no quería hablar con ella. Recordaban su crónica, del día de la muerte de Justo el panadero y aquello de la “España profunda”, el tópico que tanto les había ofendido.
El intento de la periodista de entrevistar a Toño el conejo, fue rechazado con un “vete a tomar por culo”, que a pesar de lo triste de la situación provocó en los que lo escucharon una sonrisa maliciosa.
La periodista se puso como una avispa en un bote. Estaba roja, y no era el resplandor de las llamas lo que le daba ese color; era la ira. Gritaba como  una energúmena:
-         Si no quiere hablar, no hable, pero no hace falta que me insulte. Yo lo único que pretendo es hacer mi trabajo y cumplir con mi deber de informar.- Tomó aire para continuar con su diatriba-. Yo no le he faltado el respeto a usted, ni le he insultado así que le pido, no, le exijo, que me trate con educación y si no quiere hablar…
Pedrito el catalán que también estaba presente, harto de tanta palabrería la interrumpió:
-         Mire señorita, en primer lugar si quiere usted informar; informe. Usted está viendo lo mismo que nosotros. El fuego avanza y no hay forma de detenerlo y eso no hace falta que se lo diga ni este señor- refiriéndose a Toño, el conejo- ni otro de los que aquí estamos. Y en segundo lugar, eso de usted no le ha faltado al respeto, no lo tengo yo muy claro. Usted nos ha retratado como brutos, ignorantes, paletos y casi, casi, como criminales. Así que lo mejor que puede hacer es irse a dar la paliza a otra parte que ya tenemos bastante con lo nuestro.
El discurso de Pedrito fue premiado con un aplauso por los presentes. Si las elecciones fuesen mañana a Porfirio no le bastaría con los votos de Barbarita, la Olivia y su familia para vencer.
La periodista se marchó a otro lugar arrastrando su desmesurada anatomía.
Durante la noche en viento amainó algo y los vecinos de San Lorenzo pudieron ir a dormir. Por la mañana el fuego se reavivó y regresaron los medios aéreos. La cosa pintaba mal, pero a media mañana el viento cambió de dirección. El huracán que alimentaba el fuego se convirtió en viento y luego en brisa así que unas horas después el fuego estaba controlado. Durante el resto del día del monte surgían volutas de humo sobre las que instantes después un helicóptero arrojaba una carga de agua. Los bomberos atacaban los últimos frentes y refrescaban las zonas quemadas. La conclusión al final de la jornada era que: “podía haber sido peor”. Se quemó una parte del pinar. Los ingenieros anunciaron a Porfirio el Alcalde que volverían a plantar la parte quemada. “Las alternativas que hay a la plantación de pinos son pocas y poco realistas”, dijeron. En esas laderas peladas, prácticamente el único árbol capaz de prosperar es el pino y algo habrá que plantar si queremos evitar la erosión, porque sino cuando lleguen las lluvias se llevarán el poco suelo que hay. Porfirio alegó que si se volvía a plantar pinos volverían a tener incendios, a lo que los ingenieros contestaron que probablemente sea así, pero que no hay otra alternativa. En los lugares aptos para ello, plantarían especies autóctonas. Cualquiera que conociese el monte y Daniel era uno de ellos sabía que los lugares del monte en que se podía hacer lo que los ingenieros decían eran muy pocos. Ahora mismo recorriendo la zona quemada se comprobaba que en las vaguadas donde la humedad resistía algo más la sequía del verano, o donde el suelo era mejor, los robles, las encinas y algún fresno aislado habían prosperado. Estas zonas el fuego las había respetado. En su carrera azuzado por el viento, había devorado los pinos, pasando de largo por estas islas de frescor que ahora destacaban más entre el negro circundante.
San Lorenzo del Valle este verano iba de sobresalto en sobresalto. Algunos ya mostraban su deseo de que terminase. No sabían que la mayor sorpresa estaba por llegar.
Don Simón desde la noche del crimen no había vuelto a ser el mismo. Cuando el cura sustituto volvió a la ciudad, Don Simón retomó su rutina de misas y confesiones, pero era lo único que hacía, el resto del día lo pasaba encerrado en su casa.
Una mañana anunció que iría a visitar a Ovidio. Era su obligación como pastor de hombres atender a todos por igual independientemente de los terribles crímenes que hubiesen  cometido.
Tomó el coche de línea de las doce.
En el de las seis en lugar del cura llegó Ovidio. Cuando el autobús paró en la plaza de San Lorenzo todo el pueblo estaba esperándolo. Las noticias corren más que los vehículos. Antes de que Ovidio subiese al autobús los vecinos de San Lorenzo ya sabían que estaba libre. Los que esperaban en la estación  a la salida del autobús, cuando vieron llegar a Ovidio, lo primero que hicieron fue llamar por sus teléfonos móviles para dar la noticia y lo segundo que hicieron fue preguntar a Ovidio cómo es que estaba libre. El pastor no soltó prenda. Durante el viaje los móviles de  los pasajeros no pararon de sonar. Ovidio se sentó sólo y mantuvo su silencio.  Llegó el autobús a su destino y los vecinos hicieron un corro en torno a él. Ovidio se apeó, no traía equipaje. Se puso en camino hacía su casa atravesando el circulo formado por los espectadores que se separaron dejando libre un pasillo por el que atravesó Ovidio, siempre en silencio. Alguien se atrevió a preguntar. “Ovidio “¿qué ha pasado?, ¿porqué estás libre?”. El pastor no respondió.
Cuando llegó a su casa todo estaba tal cual lo había dejado. Incluso la cena preparada para esa noche estaba todavía en los platos, cubierta de moho o lo que diablos fuese eso y desprendiendo un olor nauseabundo. Ovidio recogió los platos y restos de comida, los sacó al patio y los puso debajo de la manguera. A continuación se dirigió al dormitorio. Los cajones estaban abiertos y la ropa desordenada. La Nico en su huída debió de coger lo imprescindible, dejándolo todo revuelto.
Ovidio se sentó en el borde de la cama, escondió la cara entre las manos y así permaneció toda la noche, rumiando su desgracia.
“¿Qué ha pasado?, ¿porqué lo han dejado salir?”, eran las preguntas que todo San Lorenzo se hacía. En el Senado se debatía acaloradamente- si eso es posible entre personas cuya media de edad está en los ochenta- sobre los motivos por los que habían dejado libre a Ovidio.
-         Debe ser por que no se puede tener en la cárcel a un anciano- dijo uno.
-         ¿De donde has sacado tú eso?
-         No lo sé, me parece haberlo escuchado alguna vez.
-         Pues si no sabes lo mejor que puedes hacer es tener la boca cerrada.
-         Será por que como no ha aparecido el arma del crimen, no tienen pruebas para tenerlo detenido- dijo otro.
-         Eso qué mas da. Si Ovidio a confesado, el caso está resuelto, no hay más que hablar.
Los senadores se quedaron en silencio durante un buen rato. El viejo que normalmente estaba callado fue el que se atrevió a pronunciar en voz alta lo que todos estaban pensando.
-         ¿Es qué Ovidio a confesado?
Nadie supo contestar. Quizá por la trascendencia de lo que estaban tratando, que afectaba a la vida y la muerte de algunos de sus vecinos o quizá por el desconcierto que le produjeron las últimas novedades sobre el caso, por una vez el Senado no se lanzó a opinar a la ligera como es su costumbre.
Tomaron una decisión. Pedirle al Alcalde que como máxima autoridad de San Lorenzo del Valle, llamase al cuartel de la Guardia Civil, para preguntar que es lo que pasa.
     Porfirio llamó. Preguntó por el Sargento Tejedor que tardó un poco en ponerse al aparato y cuando lo hizo, dijo:
-         Dígame.
-         Buenas noches- dijo Porfirio.
-         Buenas noches.
-         Sabes que no me gusta meterme donde no me llaman ni interferir en el trabajo de la Guardia Civil ni otras autoridades, pero las circunstancias me obligan a …
-         Al grano Porfirio- le interrumpió el Sargento- tú lo que quieres saber, es lo que pasa con Ovidio.
-         Pues sí.
-         Lo que pasa, para que lo sepas, es que hemos detenido a un inocente. Y de eso el culpable soy yo. No me siento muy orgulloso ¿sabes?
Porfirio guardaba silencio. El Sargento continuó:
-         Nunca pensé que otro que no fuese Ovidio, hubiese matado a Justo. Todo el mundo le señalaba a él. Yo no me planteé otra posibilidad y me equivoqué. He cometido un error.
-         Pero es que Ovidio nunca dijo que no lo hubiese matado.
-         Ni tampoco que lo hubiese hecho.
-         Entonces ¿quién ha sido?- preguntó Porfirio.
-         Don Simón.



martes, 8 de mayo de 2012

En España hay 29.410.000 golondrinas. Programa SACRE.

6 de mayo de 2012. Domingo
6:53 AM
Hace frío, el termómetro del coche marca 3ºC. Lleva toda la semana lloviendo. Hoy hay “nubes y claros”. Esta amaneciendo pero todavía es mas de noche que día. Detengo el coche al borde de una carretera estrecha tan poco transitada que los baches añoran ruedas a las que destrozar. Aprovecho el ensanchamiento que hay en una curva de la carretera. A unos metros hay una vieja tenada, es una caseta de paredes de piedra cubierta con teja árabe. A la derecha bordean la carretera unos robles todavía sin hojas, a la izquierda un espinero. Esparcidos por los prados más robles y algún fresno. Estoy en la estación nº 1, colaborando con el censo de aves reproductoras que coordina SEo/Birdlife. Hago dos columnas en mi cuaderno, una para las aves que están a amenos de 25 m y otra para las que están fuera. Anoto:
            Carbonero      I
            Cuco               I
            Herrerillo       II
            Mirlo               I
            Paloma torcaz I
            Oropéndola     I
            Triguero          I
Son las 6:58 he terminado subo al coche y me voy a la siguiente estación.


El programa SACRE (Seguimiento de Aves Comunes Reproductoras de España) organizado por SEO/BirdLife en 1996, tiene como objetivo conocer la evolución de las poblaciones reproductoras en España. Para ello cuenta con la participación de voluntarios repartidos por toda España que se encargan dos veces al año (en primavera) de tomar los datos necesarios para estimar el número de aves de cada especie.
El método empleado consiste en recorrer 20 estaciones de escucha dentro de una cuadricula de 10x10 km, en las que se permanece durante 5 minutos anotando las aves vistas u oídas, discriminando si el contacto se ha producido en un radio de 25 m o fuera de él. Las estaciones de escucha que previamente se han seleccionado buscando los hábitat más representativos dentro de cada cuadricula son las mismas cada año.

7:29. AM Estación nº 4.Al borde de un camino. A la izquierda hay un prado cerrado con paredes de piedra y con fresnos, a la derecha una “cortina” que amarillea por los jaramagos. Al frente una charca grande que este año tiene la mitad de agua que otras veces por culpa de la sequía. No es la única novedad. Desde una finca cercana, llegan los ladridos de una jauría de perros. Otras veces lo que me suelo encontrar en la orilla de la charca son pescadores, intentando capturar alguna tenca. Los perros preparan tal escándalo que casi no se escucha otra cosas. La superficie de la charca está cubierta por la niebla. Escuchó cantar a varios trigueros y a un mirlo; los apunto en el cuaderno.Busco alguna cogujada en el camino pero n veo ninguna, lo que si veo son dos zampullines haciendo gala de su nombre en la charca. Un poco más lejos hay dos patos. 7: 34. Fin.


Con los datos recogidos por los encuestadores se ha elaborado una población estimada para cada una de las especies más comunes de España. La más abundante es el gorrión común con 163.450.000 aves, seguida del estornino negro (52.700.000) y en tercer lugar el verdecillo (35.725.460). La especie con menos efectivos es la tarabilla norteña con 153.961 aves.
Hay 29.410.000 golondrinas. Como todo el mundo conoce las mayores densidades de estas aves migratorias se dan en las zonas periurbanas y urbanas con densidad de hasta 275 aves/km2.
Hay dos millones de oropéndolas siendo su ambiente preferido las riberas arboladas, las zonas con cultivos de frutales y los robledales.

Este estudio no aporta solamente una estima poblacional si no que también estudia su evolución a largo plazo. En los más de diez años que se lleva realizando la encuesta permite saber que si bien la población de oropéndola ha aumentado un 4,7 % la de golondrinas ha disminuido un 3,3 %.
En general se puede concluir que las especies asociadas a los ambientes forestales o matorrales han aumentado y las de las áreas agrícolas disminuyen sus poblaciones. Es una consecuencia del abandono de las tierras de cultivo que poco a poco son conquistadas por el monte.
La curruca rabilarga es una especie con una población estimada de 1.322.865 aves. Se ha observado que la población en 2006 es un 52 % menor que en 1998. Este dato es preocupante sobre todo teniendoe ne cuenta  que España supone el 50 % de la distribución mundial de esta especie  y el 75 % de sus efectivos.

viernes, 4 de mayo de 2012

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo XVIII)

CAPITULO XVIII

La fiesta continuó toda la noche. Por la mañana los gigantes y cabezudos volvieron a recorrer las calles del pueblo despertando al personal. Daniel no estaba para fiestas, sentía la necesidad de estar lejos de San Lorenzo. Pidió prestado el coche al belga.
-         ¿No te quedas hoy a la fiesta?, preguntó sorprendido.
-         No. Con lo de ayer tuve suficiente.
Se fue a la ciudad. Si el pueblo estaba lleno la ciudad estaba vacía.
Aparcó el coche en el centro y se dedicó a callejear. Todavía no hacía mucho calor. Primero fue a la plaza mayor, luego continuó hacia la catedral. Allí un grupo de turistas se hacían fotos con el monumento de fondo. En la plaza de la catedral hay un pequeño jardín con unos bancos. Eligió para sentarse uno que estaba a la sombra de un ciprés. Un vagabundo que debía llevar todas sus posesiones en dos bolsas de plástico dormía sobre unos cartones extendidos sobre el banco contiguo. En el suelo junto a las bolsas con sus pertenencias una botella de vino explicaba porque dormía al mediodía. Uno de esos mimos que llevan la cara pintada de blanco y que permanecen inmóviles y sin pestañear ejecutaba su patética función sobre un pedestal. Daba pena verlo. Su traje estaba gastado de tanto uso, el pedestal era una caja de fruta puesta del revés y el sudor le corría por la cara arrastrando la pintura. Llegó un tren turístico, descargó su carga y tomó a otro grupo de turistas, casi todos ellos, orientales. Otro grupo, que por las pintas debían ser norteamericanos seguía a una guía que llevaba un paraguas rojo levantado para que no se perdiesen. Pasaron por delante del mimo pero ni le miraron ni le pagaron. A Daniel todo le parecía patético y deprimente.
Eran más de las doce y empezaba a calentar. Daniel entró en un bar, pidió una caña y un pincho de tortilla y se sentó en una mesa a leer el periódico. En agosto los periódicos deberían costar menos. Quedan reducidos a la mitad y casi todo lo que traen son “relatos de verano” y otras milongas por el estilo. Daniel lo abrió por la página de deportes. Estuvo leyendo la crónica de una carrera de los campeonatos de Europa de atletismo en la que una corredora “luchadora y con espíritu competitivo” había ganado una medalla. El artículo venía acompañado por una fotografía en la que una mujer con una cinta rosa en el pelo sonreía a la cámara.
En la terraza del bar los turistas extranjeros se sentaban al sol.”¡Qué ganas de calor debe tener esta gente!”, pensó Daniel. Cada uno busca lo que no tiene o le resulta escaso. Los turistas nórdicos buscan el sol y Daniel combatir su soledad.
Como el día amenazaba con ser caluroso pensó que lo mejor que podía hacer era ir a algún sitio con aire acondicionado. Ese servicio lo ofrecen los grandes almacenes y el reclamo es eficaz, porque lo mismo que pensó Daniel lo debió pensar el resto de la ciudad. Las calles estaban vacías pero los pasillos del centro comercial estaban llenos.
No prestó atención a ninguno de los productos, pasaba de una planta a otra sin fijarse en nada concreto. Si algún dependiente se acercaba para preguntar, “¿puedo ayudarle en algo?”, contestaba que “muchas gracias, sólo estoy mirando” y se marchaba a otro lugar donde no lo molestasen.
Se refugió en la sección de libros. Buscó la zona donde estaban los libros de “naturaleza y aire libre” y luego fue a la de “novela”. Ojeó varios libros y se decidió por dos: una guía de murciélagos y El Camino, de Delibes. En el Instituto era lectura obligatoria y desde entonces no lo había vuelto a leer. Recordaba que le gustó. Al leer la contraportada del libro recordó que el personaje se llama como él.
En la caja una mujer que pagaba su compra le saludó.
-         Hola.
Daniel al principio no la reconoció. Era la Guardia Rodríguez.
-         Sin el uniforme no te conocía.
-         Pasa mucho.
-         ¿Te lo envuelvo para regalo?-preguntó la dependienta.
-         No gracias.
Daniel se fijó en el libro que estaba comprando Rodríguez. Era un libro de poesía de Blas de Otero.
-         No sabía que en la Guardia Civil hubiese lectores de poesía- dijo Daniel y antes de terminar la última palabra ya sabía que estaba diciendo una estupidez.
La Guardia Rodríguez cambió la expresión del rostro. Lo miró y dijo:
-         Ni más ni menos que entre los ingenieros de caminos o los jueces.
-         Disculpa tienes razón, he dicho una estupidez.
-         Bastante grande.
-         Creo que mi compra tampoco se corresponde con lo esperado para mi profesión.- Daniel le mostró el libro de los murciélagos.
-         Ya conocía tus aficiones.
-         ¿En ese pueblo no hay secretos?
-         Con el tiempo que llevas en San Lorenzo ya deberías haberte dado cuenta. Además te hemos visto por el campo.
-         No sabía que fuese un objetivo a vigilar por las fuerzas del orden público.
-         Nunca se sabe, hasta los más pacíficos pueden cometer un crimen.
Esta referencia a Ovidio no pasó desapercibida a Daniel.
-         Puedo remediar mi metedura de pata invitándote a tomar algo.
-         Puedes- respondió la Guardia Rodríguez.
Se sentaron en una mesa de la cafetería del Centro Comercial, ella pidió una coca-cola light y el una caña. La guardia civil estaba irreconocible y no tanto por la ausencia del uniforme como por su expresión. Daniel siempre la había visto de servicio, con el gesto serio, casi amenazante, como si estuviese esperando la ocasión de que cometieses un error para arrearte un porrazo. La chica que ahora tenía frente a él estaba relajada y sonriente. Vestía pantalones vaqueros y una camiseta ajustada que mostraba los efectos que el entrenamiento para superar las pruebas de admisión al Cuerpo de la Guardia Civil había dejado en el suyo. La chica estaba en forma.
-   ¿Hace mucho que estás en la Guardia Civil?
-         Dos años.
-         ¿Y antes qué hacías?
-         ¿Has pensado en meterte a poli? Haces muchas preguntas.
-         Perdona si he sido indiscreto.
-         No hace falta que te disculpes continuamente. No me importa. Estudiaba derecho.
“Otra más- pensó Daniel- Primero Irene y ahora ésta.
- No me gustaba- continuó diciendo Rodríguez.
A continuación la Guardia le contó su vida, que en resumen es la siguiente. Vivía en Madrid, donde empezó a estudiar la carrera de derecho, sacaba buenas notas y todo eso, pero se aburría, le parecía que estaba siguiendo un camino que ella no había elegido. Si empezó la carrera fue por satisfacer los deseos de sus padres. Al terminar el tercer curso anunció a sus padres que no continuaba. El disgusto que se llevaron fue grande pero fue peor cuando dijo que quería entrar en la Guardia Civil. Las pruebas para entrar no le resultaron difíciles. Siempre practicó deporte, natación, incluso llegó a participar en el campeonato juvenil de España de los doscientos metros espalda. Su primer destino fue en un pueblo de Andalucía y desde hacía un año estaba en el puesto actual.
- ¿Te gusta lo que haces?- preguntó Daniel.
- Si, pero mi intención es entra en el Seprona.
Eran las dos, el rato se pasaba volando.
-         ¿Te apetece comer algo?- preguntó Daniel.
-         Vale.
Salieron del centro comercial. La calle era un horno. Justo en frente, al otro lado de la calle un restaurante de comida basura anunciaba sus excelencias con grandes letras rojas. Decidieron entrar. La chica del mostrador anunció a los cuatro vientos por medio del sistema de megafonía su menú. Daniel pensó que eso ya no se hacía pero por lo visto hay algunas costumbres difíciles de cambiar.
“Una ensalada y coca-cola light y una megasuperbigmac con extra de patatas y agua bien fría”, gritó la dependienta del gorro rojo y delantal amarillo. Los clientes del restaurante miraron hacia el mostrador para ver quien era el hambriento que pedía ese menú tan lleno de superlativos como de colesterol. Era un delgaducho. Unos chicos gordos le miraron con envidia, Daniel tiene la suerte de que por mucho que coma no engorda, dicen que es por cosa del metabolismo, pero él no sabe por que es. Daniel odia este tipo de comida, le parece de plástico, pero es que prácticamente no ha comido nada desde la paella de ayer, y tiene mucha hambre. Se sentaron a la mesa y continuaron la conversación por donde la habían dejado.
-         ¿Por qué quieres entrar en el Seprona?
-         Porque a mi también me interesan los murciélagos.
Desde el interior de su bolso llegó la melodía de la “saeta” de Serrat, anunciando que tenía una llamada telefónica. La atendió.
-         Estoy en el burger que hay frente al Centro Comercial.
Silencio.
-         Vale, aquí os espero- y colgó. ¿Por donde íbamos?
-         Por los murciélagos.- dijo Daniel.
-         Es en serio. Mira por donde tenemos algo en común. He pedido como destino los servicios centrales de Madrid. Me gusta el trabajo que hacen. Investigan el tráfico ilegal de animales, los envenenamientos, los incendios forestales, y los delitos contra el medio ambiente. Me estoy preparando. Por la UNED estudio ciencias ambientales y voy a cursos de auxiliar de laboratorio y de química.
-         ¿De dónde sacas el tiempo para hacer tantas cosas?- que es una pregunta recurrente y que además sirve para alagar al preguntado.
-         En el cuartel no hay muchas posibilidades para distraerse y a mi me gusta estudiar. Así que cuando no estoy de servicio o cuando me toca una noche de guardia, estudio.
Continuaron hablando de otras cosas.
Daniel preguntó:
-         ¿Sabes algo de Ovidio?
-         Desde que está detenido no ha abierto la boca. Los psicólogos le han visitado para ver si tiene algún tipo de trastorno. Dicen que está bien, sólo que no le da la gana hablar
-         Pobre hombre.
Llegaron los amigos con los que había quedado, eran un chico y una chica de su misma edad, Guardias civiles como ella, aprovechando su día libre. La guardia Rodríguez se levantó, abrió su bolso y sacó la cartera.
-         Invito yo- dijo Daniel. Recuerda que tenía que compensarte por mi metedura de pata.
Ella sonrió.
-         Estas perdonado.
-         Fue a reunirse con sus amigos. Llevaba medio camino recorrido cuando Daniel se dio cuenta que no sabía su nombre.
-         ¿Cómo te llamas?
-         Almudena- respondió la guardia Rodríguez.