Iniciamos una serie de artículos con el diario de Viaje a Guatemala







jueves, 9 de junio de 2011

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo V)

CAPITULO V

         Como cada domingo a Daniel le llega la llamada de la selva. A finales de marzo la primavera por estas tierras, según como venga el año, puede ser todavía una esperanza. El año está siendo lluvioso. En las noticias, siempre tan amigos ellos de lo más, dicen que el mes de marzo está siendo el más lluvioso de los últimos cincuenta años, pero es que el mes de noviembre fue el más caluroso del siglo, y así una tras otra. ¿Qué se esperan? Con un registro estadístico escaso, pues cien años en el mejor de los casos no es un periodo tan largo, siempre se puede buscar la excepción. Pero eso no es lo relevante, es la forma que tienen de dar la noticia, parece que se avecina una catástrofe. Si es el mes más cálido de hace x años, se dice que es efecto del calentamiento global, si no llueve dicen que estamos en un periodo de sequía. Si hasta últimamente hay fenómenos que desconocíamos, como los tornados, las ciclo génesis explosivas y todo un completo catálogo de plagas bíblicas metereológicamente hablando. Se pasan tres pueblos. Lo más divertido es ver a los reporteros o reporteras, como diría un sindicalista políticamente correcto, dar las noticias bajo un aguacero, luchando denodadamente contra el viento, que lo arrastra. ¿Para qué? Son ganas de hacer el tonto. Si nos vamos a enterar igual diciendo que en “la Costa da Morte hay vientos huracanados y la flota gallega está amarrada”. Pues hala, enterados y a otra cosa.
         En estas tonterías pensaba Daniel, cuando a la salida del pueblo se encontró con el Vivillo, el hijo de los del bar, que lo estaba esperando.
-         Puedo ir contigo- esto lo dijo el niño cuando ya caminaba junto a Daniel
Ante los hechos consumados a Daniel no le queda otra que decir que sí, y eso que no le gusta la compañía cuando sale al campo. Los visitantes ocasionales, y remarcamos lo de ocasionales en contraposición de los habituales para que no haya malos entendidos,  se dividen en dos grupos: los caminantes y los domingueros. A los primeros que es grupo más tolerable lo que les interesa es el deporte de caminar, y lo mismo pueden hacer su ejercicio en el campo que por el arcén de una carretera que por una cinta andadora. Los domingueros son la escala mas baja de los “visitantes” campestres, son los parias, la escoria, los indeseables y generalmente los guarros. Van hasta donde su coche llegue, allí despliegan su ajuar, las mesas y las sillas plegables, los taperguares, los manteles, el balón del niño, la baraja de cartas, la nevera con las latas de cerveza, y el DVD en el coche para que el niño vea la película y deje de dar el coñazo. Si se separan unos pasos del auto será para tirar la lata de cerveza al río o preparar otro estropicio. Dicho así pensaba Daniel se le podría catalogar como misántropo, pero su odio a la raza humana se reduce al urbanita, analfabeto natural que no es capaz de distinguir un toro de una vaca. Cuantas veces ha escuchado eso de: “es un toro porque es negro” o “las vacas no tienen cuernos”. ¡Patético! Así que a Daniel no le gusta la compañía. Se siente en la obligación de enseñar algo interesante, un poco para justificar el tiempo que pasa por esos andurriales sin sacar nada de provecho. El que sale de vez en cuando al campo se piensa que va a encontrarse con lo que muestran los documentales, en que en un momento aparece el león cazando un búfalo y acto seguido al águila abalanzándose sobre una cabra. Se desilusionan cuando después de dos horas lo mas que han logrado ver es una tórtola, o sea un pájaro, y un grillo. “¡Menudo rollo! No vuelvo”, dicen, y Daniel piensa: “¡ojalá sea verdad! Esta mañana tendrá que soportar al Vivillo, y eso que éste al menos tiene la ventaja de que es un niño.
Daniel casi no había hablado hasta entonces con el Vivillo. Se lo encontró muchas veces, pero siempre va a la carrera, en bicicleta, en patinete o cualquier otro aparato con ruedas, y siempre hablando o gesticulando, que por algo lo llaman como lo llaman. No se había presentado la ocasión de hablar con el crío, y eso que Daniel sentía curiosidad por saber que hace el único niño del pueblo después de que el autobús escolar lo deje cada día en la puerta del bar. Con quién juega o qué amigos tiene.
-         ¿Cuántos años tienes?
-         Diez, para once, que los cumplo la semana que viene, y ya le he dicho a mi madre lo que quiero de regalo por mi cumpleaños, porque como soy el hijo pequeño y mi hermana dice que estoy mimado y consentido, y lo que le pasa es que es una envidiosa, más que envidiosa, y dice que le va a decir a mamá que no me compre nada, pero yo ya lo tengo elegido y me lo van a regalar porque me he portado bien y hasta he comido las espinacas esta semana sin tirarlas…
-         Vale, vale, para el carro.
“¡Joder con el niño! ¡Lo que casca! ¡Menuda me ha caído encima!”.
-         Vamos a dejar las cosas claras. Para que puedas venir conmigo tienen que cumplir las siguientes condiciones: estarás en silencio y cuando tengas que decir algo lo harás sin gritar y de forma concisa. No armes alboroto, no pegues palos a las plantas y lo dejarás todo como estaba. ¿Entendido?
 Este código de conducta, este paquete legislativo, esta tabla de la ley la expuso Daniel con los brazos en jaras, el gesto serio y tono de voz ligeramente enfadado.
-         Vale, no te pongas así.
Retomaron el camino, y a los pocos pasos el Vivillo preguntó.
-¿Qué es conciso?
“Por lo menos parece espabilado el rapaz. A todo esto, ¿cómo se llama el chaval?”.
-         ¿Cómo te llamas?
-         Hugo, pero todo el mundo me dice el Vivillo, porque  soy muy movido y no puedo parar. Ya era así de pequeño y …
Daniel hizo un gesto con la mano, como si sus dedos fuesen una tijera abriendo y cerrando las hojas. El chaval captó la idea y cerró el pico.
A partir de ese momento el Vivillo se portó muy pero que muy bien. Iba a lo suyo, fijándose en todo, corriendo de un lado para otro, unas veces por delante de Daniel, otras por detrás, a veces levantando una piedra, otras colándose por entre los palos de un cañizo, pero en general cumpliendo la legislación vigente.
Esa mañana como Daniel tenía compañía decidió seguir la ruta alrededor del pueblo sin alejarse mucho, así que tomaron el camino del Valle Ancho, que es el que pasa por la alameda y continúa hasta Matalobos. El Vivillo y Daniel descubrieron una pareja de alcaudones cortejándose en la rama de un roble. El alcaudón se colocó junto a la hembra y mirando hacia ella hacía inclinaciones del cuerpo, como si fuesen reverencias. La alcaudona parecía no hacerle mucho caso y al poco rato emprendió el vuelo hasta la rama de otro roble. El galán la siguió, se volvió a posar junto a ella y repitió la misma operación, con los movimientos de la cabeza arriba y abajo, una y otra vez. Así estaban cuando de repente los pájaros se asustaron y emprendieron un vuelo de huída.
-         ¿Qué ha pasado?, dijeron a la vez Daniel y el Vivillo.
La respuesta le llegó un instante después en forma de Afrodita reencarnada. A sus espaldas, por el camino apareció una mujer corriendo. Llevaba una sudadera roja muy amplia y un pantalón negro que solo le llegaba hasta las rodillas muy ajustado. El conjunto lo completaban unas zapatillas blancas y una gorra negra, en la que por su parte trasera salía una coleta de pelo rubio. La chica corría, pero sus movimientos parecían más bien los de una bailarina. Daniel contemplaba como la gacela se alejaba rápidamente y cuando desapareció al final del camino Daniel se dio cuenta que el Vivillo lo observaba fijamente.
-         ¿Siempre que ves correr a alguien se te pone cara de tonto?, dijo el Vivillo.
Daniel cerró la boca, farfulló algo y se puso a caminar.
-         Se llama Irene. Yo pensaba que ya la conocías. Es tu vecina.
“¿Cómo es posible que lleve más de dos meses aquí y todavía no la hubiese visto? El primer día creo que conocí a todo el pueblo, y resulta que me dejaba lo mejor para el final”
Emplearon el resto de la mañana en rastrear el río. Con las abundantes lluvias del invierno bajaba con bastante caudal. Daniel que calzaba unas botas de goma, chapoteaba en el cauce, mientras el Vivillo correteaba por la orilla. Cuando Daniel encontraba algo interesante, como una larva de frigánea, se las enseñaba al niño. A cada nuevo descubrimiento este respondía con una batería de preguntas. ¿Qué es? ¿Y esto que tiene aquí para que sirve? ¿Hay muchos? ¿Qué comen? Daniel respondía las preguntas que sabía, pues otras muchas cuestiones que planteaba el niño las desconocía. Era casi la hora de comer cuando emprendieron el regreso. La madre del Vivillo, les esperaba a la salida del pueblo.
-¿Dónde os habéis metido? Hugo, te tengo dicho que me digas donde vas. ¡Menudo susto me has dado!, llevo dos horas buscándote. Menos mal que Toño, me dijo que os había visto juntos.
Todo esto Marisa se lo decía al Vivillo, pero Daniel pensó que la bronca se dirigía también hacia él.
-         Pero mamá, si estaba con Daniel- dijo el Vivillo, a lo que su madre contestó con soniquete.
-         Ni danieles ni danielas, te he dicho mil veces que cuando vayas a algún sitio me lo digas y punto.
Recorrieron el resto del camino a casa en silencio. En cabeza Marisa, unos pasos por detrás Daniel, pensando en Irene, y haciendo la goma el Vivillo. Llegados a la plaza el niño preguntó.
-         ¿Puedo ir contigo otro día?
-         Eso lo tiene que responder tu madre.
Tras unos segundos de pausa, la madre dijo:
-         Bueno, pero me tenéis que decir donde vais. Y con aire de General después de arengar  a la tropa dio media vuelta y entró en el bar.
-         Adiós, dijo Daniel.
-         Adiós, dijo el aprendiz de Darwin.
Cuando llegó a casa de los belgas, le estaban esperando para comer. La belga dijo que había preparado una receta sacada de un libro de cocina, algo así como Pappardelle con setas, salsa de tomate y mascarpone y con el queso que le sobró rellenó unas naranjas. Daniel agradeció la invitación y los tres se sentaron a la mesa. La conversación fue deliciosa. De la comida no se puede decir lo mismo. La belga será una gran artista pero no de la cocina.
A los postres, es decir a las naranjas rellenas, Daniel sacó el tema que realmente le interesaba.
- En la casa de al lado siempre está la luz encendida. La veo antes de ir a trabajar y cuando vuelvo ahí sigue. ¿De quién es?
¡Cómo si no supiese ya quien era la dueña de la luz perpetúa, del chollo de Iberdrola!
-         Es Irene. Está estudiando oposiciones y se ha venido a la casa del pueblo para que nadie la moleste. Dijo la belga.
-         Ah….Y lleva mucho tiempo aquí.
-         No. Llevará unos tres meses, llegó pocos días antes que tú. La casa era de sus abuelos y ella venía solo en vacaciones, con sus padres, cuando era pequeña.
-         No la he visto nunca,- dijo Daniel.
-         Es normal, solo sale de casa un rato al mediodía para hacer footing. A la vuelta compra el pan en la panadería de Justo y los sábados baja a Castro para hacer la compra de la semana.
El belga con tono malicioso remató la faena.
-         El miércoles es mi cumpleaños y la vamos a invitar, así que tendrás la oportunidad de conocerla.
“Perfecto”, pensó Daniel.














lunes, 23 de mayo de 2011

Galápagos

Cuando llega el buen tiempo, en las piedras que asoman sobre la corriente de algunos ríos bien conservados es fácil observar a los galápagos tomando el sol. Sacan la cabeza del caparazón y la estiran todo lo que pueden para ofrecer una mayor superficie al sol y así absorber más calor. Si nos acercamos a ellos , detectarán nuestra presencia inmediatamente y se zambullirán en el agua.
Son unos animales muy curiosos. Yo me sorprendí mucho la primera vez que encontré el esqueleto de un galápago. Está formado por las costillas, en una muestra más de que la evolución utiliza los mimos “ladrillos” para formar distintas estructuras. Las costillas se han ensanchado y se han fusionado unas con otras hasta formar el caparazón de las tortugas y galápagos.

El caparazón que parece a primera vista un arma defensiva inexpugnable, en realidad no lo es tanto. En una ocasión encontré en un tramo muy corto de un río cuatro galápagos leprosos muertos. Acudieron de una universidad a estudiar el caso y llegaron a la conclusión que esa elevada mortandad se debía a una depredación masiva de nutrias. El año anterior había sido muy seco, y el río casi se seco completamente. Esas adversas circunstancias debieron debilitar a los galápagos por lo que al llegar el final del invierno y comenzar su actividad fueron presa fácil para los depredadores. Por lo menos esa explicación me dieron los de la universidad que estudiaron el caso.

Biología.

Los galápagos viven bastantes años en la naturaleza y son sedentarios. Yo me he encontrado con algunos galápagos varias veces en el mismo lugar con una separación de pocos metros de un año para otro. En concreto un galápago lo he visto en las siguientes fechas:

-          7 de mayo de 2.004
-          27 de mayo de 2.007
-          15 de mayo de 2.010

En el momento de la última recolección, el galápago se encontraba en la orilla sobre la hierba, junto a un charco tomando el sol. No intentó huir y  presentaba lesiones muy grandes, concretamente, le faltaba gran parte del espaldar. Era un hueco irregular que ocupa varios escudos. Se le veía el hueso y el caparazón estaba muy desgastado y erosionado presentando varias cicatrices.

Galápagos con heridas en el caparazón

Sobrevivir a estas graves lesiones no es infrecuente pues en otra ocasión me encontré con un galápago al que le faltaba una pata delantera. A pesar de eso nadaba bien, aunque tenía que corregir su dirección continuamente pues al faltarle un “remo” se torcía permanentemente.
Los galápagos europeos son carnívoros aunque yo este año he visto a uno mordisqueando las plantas acuáticas.

Reproducción.

La cópula de los galápagos se produce en el agua al principio de la primavera. Ponen los huevos enterrándolos en la tierra en lugares próximos al agua. Hay lugares en que se encuentran varios nidos próximos entre sí. Sus huevos son elípticos de color blanco.
Según la temperatura a la que sean incubados los huevos saldrán machos o hembras.

viernes, 20 de mayo de 2011

VIVA LA SPANISH REVOLUTION

El movimiento ciudadano que tiene su máxima expresión en las concentraciones de la puerta del Sol recibe muchos nombres: “Democracia Real Ya”, “indignados”, “Spanish revolution”, “movimiento 15M”, etc, lo que muestra la heterogeneidad del movimiento y la de momento ausencia de un discurso único y de un liderazgo fuerte, que algunos desearían. Pero en una cosa si hay unanimidad: “Ya era hora”.

La pregunta es evidente: ¿cómo es posible que con casi cinco millones de parados  y un 45 % de paro juvenil, esta rebelión no se haya producido antes? Eso ahora ya da igual. Ha llegado y esperemos que continúe y dé resultados.

¿Estamos ante la primera revolución ciudadana? Si es así estaríamos ante un hecho histórico. Todas las revoluciones hasta ahora han sido para conseguir la democracia frente a Dictaduras. Fue el caso de la primavera de Praga, la revolución de la plaza de Tian´anmen, o las recientes del norte del África. Aunque algunos quieren comparar la acampada de Sol con la de la plaza Tahir de Egipto, desde mi punto de vista son situaciones radicalmente diferentes. En España podríamos verla primera revolución en una democracia.. La idea es nueva. Los ciudadanos de un estado democrático quieren reformar el sistema para que la DEMOCRACIA SEA REAL

Para que este cambio sea posible y duradero debe realizarse empleando los propios  mecanismos  del sistema democrático, o lo que es lo mismo cumpliendo y respetando las leyes.

Este es un movimiento político y por lo tanto sus objetivos deben ser políticos. La reforma de la ley electoral, con listas abiertas, exclusión de candidatos implicados en casos de corrupción y otras que circulan en los diferentes manifiestos son evidentes. Pero para que la “spanish revolutión” merezca tal nombre debe tener más alcance, en el sentido de modificar el sistema financiero y el reparto del poder político. ¿En qué han quedado las advertencias de Sarkozy de “refundar el capitalismo”, o las amenazas de Obama a los banqueros?

Es intolerable que desde los bancos, FMI, UE, y organismos internacionales sobre los que nadie tiene control se decida sobre la vida de millones de ciudadanos de todo el mundo. Se atrevan a dar lecciones pero ¿qué han hecho hasta ahora para reducir la pobreza en el tercer mundo, o para evitar el deterío del medio ambiente? Nada.

El movimiento de la puerta del Sol ojala se convierta en un movimiento más amplio que trascienda las fronteras y sirva para algo más que para mostrar la indignación. Viva la Spanish Revolution.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Una colonia de aviones zapadores en plena ciudad

En la ciudad de Salamanca (España), en una montaña de tierra creada por las obras de una urbanización, los aviones zapadores han formado una colonia. Los nidos están escavados en la tierra. Son los pequeños puntos que se ven en la parte superior de la fotografía. Como se puede observar hay cientos de nidos.



Los pájaros entran y salen continuamente de los nidos y se posan en los terrenos alrededor del montón de tierra.  Como en tantos otros lugares de España, estos terrenos eran una zona de prados naturales bien conservados junto a las riberas del río Tormes. El desarrollo urbanístico los ha convertido en un espacio degradado, donde solo hay calles asfaltadas, sin viviendas, pero con basura y escombros. Esperemos que los excesos cometidos sean algo del pasado, y que nos sirvan de vacuna frente a las nuevas especulaciones urbanísticas, que sin duda cuando pase la crisis algunos querrán volver a retomar.

martes, 3 de mayo de 2011

Las lágrimas de San Lorenzo (Capítulo IV)


CAPITULO IV

         A la zona de contacto entre dos comunidades vegetales los ecólogos la  llaman borde; sería el equivalente a las fronteras entre las naciones. Pongamos un ejemplo: tenemos un bosque y a su lado una pradera, la zona de contacto entre ellas es el borde. Este borde puede ser abrupto, es decir, que justo donde termina el bosque comienza la pradera, o puede darse el caso que entre los dos ambientes haya una zona de transición, en donde no es claramente ni lo uno ni lo otro. Estas zonas de borde son interesantes porque en general presentan una mayor variedad de especies animales y vegetales, lo que se conoce como biodiversidad. No es solo que en el borde se puedan encontrar especies propias de cada uno de los hábitats en contacto, sino que también hay especies especialistas de borde que se aprovechan de los recursos ofrecidos por los dos ambientes.
         Daniel está en el borde. A la altura de la historia en que nos encontramos no sabemos todavía si se adaptará a su nuevo hábitat, no sabemos si será especie de ciudad o de pueblo o si será una de las especies adaptada a las dos, pasando de una a la otra con naturalidad. No lo sabemos, ni él tampoco. Tiene una cosa a su favor y es que le gusta el campo, los bichejos, las plantas, los pájaros, los animales y en general todo lo que tenga relación con la naturaleza, pero eso no garantiza la adaptación a la vida de un pueblo pequeño como San Lorenzo del Valle, en donde no hay casi intimidad y todo lo que uno hace es conocido al instante, como pudo comprobar nada más que entró en el bar de Pepe.
         Así el primer sábado que la Mantovani se olvidó de él, se calzó las botas y se fue al campo. A finales de enero en San Lorenzo el invierno está en su apogeo con los campos cubiertos de escarcha y los charcos congelados.  Esa mañana hace frío, sopla el viento y solamente anima un poco al caminante el que hace sol. Es un sol luminoso en un cielo claro sin nubes, aunque surcado por las estelas deshilachadas que dejan los aviones a su paso y que han convertido a los cielos limpios en una reliquia del pasado. Daniel tomó el camino del río. A la salida del pueblo primero están las eras, luego las cortinas y a continuación los prados con sus cercados  de piedra, sus zarzas en las lindes y los fresnos sin hojas. Aquí y allá se ven los tenados utilizados para dar refugio al ganado, y almacenar el heno y la paja. Un poco más adelante el camino pasa junto a una charca grande, rodeada de pastizales. Las avefrías o aguzanieves como las llaman por aquí puntean el campo con su pecho blanco. Daniel se detiene a observarlas por los prismáticos. Son bonitas con su penacho de plumas en la cabeza, y su plumaje blanco, pero lo que más le gusta de ellas es su forma de volar, con ese batir de alas espasmódico un poco exagerado, como a golpes. Ahora andan separadas, esparcidas por el campo, sin formar esos bandos que organizan cuando se preparan para la migración.
         Daniel sigue su camino, en dirección al río Ranillas. Cada vez hace más frío. En esta época del año el campo no ofrece muchas cosas que ver, hay que conformarse con pequeños detalles y pensar que el invierno es la preparación que necesita la primavera. Las orillas del río están heladas. Se fija en unos montones de arena depositados en la orilla por la última crecida. Hay un punto en que la arena está más húmeda que en los alrededores, Daniel escarba y desentierra un sapito. Es un sapo partero ejerciendo de padre, pues entre las patas traseras lleva unos cincuenta huevos que llegado el momento irá a depositar al agua del río o de algún charco cercano. Daniel pasa un rato mirándolo y lo vuelve a enterrar. Apunta en su cuaderno dónde lo ha visto para así la próximo vez que salga al campo observar si sigue en el mismo sitio. Toma el camino de regreso.
         Cuando llegó a casa de los belgas se encontró con una sorpresa: le esperaba su amigo el Che.” Esto si que es un colega”, pensó Daniel.
-         ¿Qué pasa contigo? ¿Es que no contestas el teléfono? Te he llamado cien veces o más- dijo el Che.
Cuando Daniel cogió el móvil comprobó que estaba apagado y con dos llamadas perdidas del Che. Se fueron en el coche de su amigo a comer a Castro, al restaurante, El refugio del cazador. Es un local grande con la piel de un oso extendida sobre la puerta que da al comedor. Según les contó el camarero el oso no es de aquí, es de Eslovenia, que por estos montes hace ya muchísimo que no hay osos. “A este paso ni aquí ni en ningún lado van a quedar osos” pensó Daniel. Repartidas por las paredes del comedor hay cabezas de corzos, de jabalí, de ciervos y de cabra montés. Junto al televisor una perdiz disecada es el único espectador que le hace caso. El volumen esta apagado y aparecen ministros y diputados en una sesión parlamentaria gesticulando con mucho aspaviento. “Si empleasen la misma energía para solucionar los problemas del país que la que gastan en tirarse los trastos a la cabeza mejor nos iría a todos”. Los políticos elogian el diálogo, tienen como una virtud la “capacidad de diálogo”, pero es pura retórica. Cuando un político habla sus rivales no le escuchan, no se valoran los argumentos ni las razones que se exponen, solamente están preocupados en como van a desacreditar, atacar y si las condiciones son favorables destruir a su contrincante.
Daniel y el Che se metieron entre pecho y espalda un plato de ensaladilla rusa y un chuletón acompañado de una botella de vino del país con gaseosa. Pasaron un rato haciendo chiste sobre lo del “vino del país”; que si todos los vinos serán de algún país, que si será del país de las Maravillas, y otras tonterías de este tenor. Cuando el camarero les preguntaba si querían repetir decían a todo que sí. De postre tomaron flan casero, que por su aspecto debía ser de la casa de Teresa Rivero. Al chupito les invitó la casa. En resumen una buena comida. Por la tarde el Che dijo que quería dormir la siesta, porque la noche anterior había salido de fiesta y solo había dormido tres horas.
Mientras el Che dormía, María la belga le enseñó una nueva pieza en la que estaba trabajando. Era una silla en la que el asiento había sido reemplazado por unas cuerdas, tejiendo una red como si fuese una tela de araña, en cuyo centro colgaba la cabeza de una muñeca. El respaldo de la silla era un espejo donde se reflejaba el espectador. Cuando se levantó su amigo de la siesta se ducharon y se fueron de marcha a la ciudad. El Che tenía el teléfono de una chica de la ciudad que era amiga de una amiga suya. Quedaron en verse esa noche. Mientras llegaba la hora de la cita, Daniel y el Che hicieron una ronda por los bares de la ciudad, y luego entraron a tomar una copa a un garito con un rótulo luminoso en la puerta que decía, “Lucifer” en letras rojas con un rabo terminado en forma de tridente rematando la ere final. En su interior el ruido era ensordecedor. Pidieron las copas y entraron a un par de truchas con resultado negativo.
Se fueron al local donde habían quedado con la amiga del Che. La chica que se llamaba Sara resultó estar bastante buena y venía acompañada por una amiga que como suele ser habitual era fea. Sobre el escenario un pájaro con los brazos tatuados de arriba abajo, camiseta negra y pantalones caídos recitaba una letanía. Daniel nunca supo si a lo que hace se le llama rap o hip-hop o si todo era lo mismo, sea como sea el caso es que el tipo recitaba:

Soy el número uno
El puto amo de la fiesta
Cada día me desayuno
Tres pringados como tú.

Mientras el Che estaba de palique con Sara y la fea bebía apoyada en la barra con cara de aburrida, el poeta seguía a lo suyo.

         Veo a los niños
         Desde mi ventana
         Como meten en bolsitas
         A los hombres del  mañana.

         Porque en este barrio
         A mi me parece
         Que todos los días
         Son viernes trece.

Cuando Daniel miró al Che éste ya estaba liado con la churri.” ¿Qué hago yo ahora?”, pensó Daniel. “La fea es que es muy fea”. Tras unos instantes de meditación se dirigió  a la barra, pidió una copa y se la bebió de dos tragos. La fea continuaba en el mismo sitio y seguía siendo fea. Pidió otra copa y repitió la operación. Para entonces ya no era tan fea. Se fue hacia la chica, le dijo algo y con la excusa de que no se oía bien por el volumen de la música se acercó a ella. Estaba a unos centímetros de su cara. Como la fea no hizo intención de separarse Daniel giró la cabeza acercándose a su oído para hablarle, a mitad de camino cambió de opinión y se dirigió directamente a su boca y la besó. Se morrearon durante un rato, hasta que la Sara les interrumpió para decirles que cambiaban de sitio. Resultó ser un local vecino. Daniel continuaba dándose el lote con la fea. Como el dueño del garito tendría ganas de cerrar e irse a casa pinchó una canción del año de Maricastaña, de esas con aire romántico, y Daniel pensó,”ya que estamos en faena vamos a hacer el paripé y darle de paso una alegría a la chica” así que se puso a bailar con la fea en mitad del local vacío. La churri sorprendida y ablandada dejó al terminar la canción que Daniel la llevase detrás de unos altavoces. Daniel empezó a meterle mano, y cuando la cosa se ponía interesante, apareció otra vez el culo inquieto de la Sara a interrumpir. Esta vez se dirigían a la casa de la amiga del Che. Ellos caminaban delante y Daniel y la fea unos pasos por detrás. Hacía un frío que pelaba. Daniel tiritaba y la chica se arrimó a el. Fueron hablando por el camino. La fea resultó ser enfermera y además maja.
         Cuando llegaron a casa de Sara las chicas prepararon café y sacaron unas galletas. Se sentaron en torno a la mesa de la cocina, ellas a un lado y Daniel y el Che al otro. A Daniel se le iba pasando la borrachera. Se pusieron a hablar. Daniel pensó que según evolucionaba la cosa no remataban la faena. Continuaron hablando un rato. Las chicas estuvieron tomando el pelo un rato a Daniel, que si tenía los ojos de tal color, que si esto o lo otro. “No si va resultar que les caigo bien, y yo que llevo toda la noche intentando parecer un capullo”. La charla se prolongó durante una hora, hasta que la fea llamó a un taxi para irse a casa. Bajaron los cuatro a esperarlo a la calle. Cuando el taxi estacionó junto a la puerta, la fea se despidió de Sara, luego del Che y cuando le llegó el turno a Daniel puso los labios para que los besase. Daniel la beso en la mejilla. La chica se subió al coche y los dos amigos se fueron a buscar el suyo. Amanecía cuando lo encontraron.
         Hicieron el trayecto de regreso al pueblo en silencio, escuchando la radio. En el cruce entre la carretera general y la del pueblo de San Lorenzo estaba la Guardia Civil haciendo un control. Con un gesto de la mano le indicaron que estacionasen el vehículo al borde de la calzada. Eran el sargento Tejedor y la agente Rodríguez. Cuando el Sargento se acercó al coche y reconoció a Daniel dijo.
-         Hombre, pero si eres tú… ¿Qué, de fiesta? A lo que Daniel respondió que sí.
-         ¿Qué tal?
-         Bien.
-         ¿Habéis estado en la ciudad?
-         Si.
La guardia Rodríguez permanecía a la escucha, con el gesto serio.
-         ¿Se ha dado bien la cosa?,- dijo el sargento guiñando un ojo.
-         Algo se ha hecho, contestó el Che.
-         Bien, bien…, podéis seguir, si eres como el Dani me fío de ti, -dijo dirigiéndose al Che- seguro que os habéis portado bien y no habéis bebido. Esto último lo dijo con retintín.
La guardia Rodríguez torció el gesto.
Continuaron la marcha. Al poco rato dijo el Che:
-         Hay que joderse, no llevas ni un mes en este pueblo y ya los picoletos te llaman Dani y te toman por buenazo. No se que hacer contigo para que espabiles…. Por cierto, ¿Te has fijado en la picoleta?
-         Si, no está mal.
-         No está mal, no está mal- dijo el Che en tono de burla. Desde luego está mucho mejor que esa con la que has estado esta noche.
-         Sin comentarios- dijo Daniel.